Cais da Sagração




Autor: Josué Montello
Título: Cais da Sagração, Muelle de la Consagración
Idiomas: port, esp
Tradutor: María José Crespo(esp)
Data: 29/12/2004

MUELLE DE LA CONSAGRACIÓN

Capítulo I

Josué Montello

Antes de alcanzar lo alto de la ladera Maestre Severino se paró jadeante, tratando de llenar su magro pecho con la brisa que venía de la playa; luego volvió a sentir que no podía respirar. Permaneció inmóvel con la mano derecha extendida sobre el corazón, ceño fruncido, fisonomía tensa, hasta que el aire, al momento, lentamente, volvió a llegarle a los pulmones.

Allá en lo alto, casi enfrente de la iglesia, se volvió a parar, todavía jadeante, esta vez para buscar entre las casas bajas del Largo da Matriz, el alero saliente del domicilio donde el Dr. Estévão habia reabierto su consultorio después de una temporada en São Luís.
– Es aquella de ventanas verdes con una placa junto a la puerta -la reconoció, poniéndose en camino.

Recibiendo de lleno el sol de la tarde que reverberaba en la arena suelta del suelo y bailaba en el polvo que el viento levantaba, sin la sombra de un árbol que le amainara el cruce, Maestre Severino repasó de refilón su noche en blanco, la cabeza apoyada en los ganchos de la red, los pies rozando la estera de paja, en el cuarto iluminado por la llama del candelero. Acostado sentía el pecho oprimido con una sensación de sofocación; con la cabeza levantada podía respirar mejor, y la sensación de ahogo sofocante, que a veces lo atormentaba durante el sueño agitado, parecía dispersarse sin que el aire le faltase del todo.

-Vé a consultar al doctor, hombre terco -le había dicho la Lourença, desde el cuarto contiguo, al levantarse para traerle una vez más el té de toronjil-. En dos segundos el doctor dará con el porqué de esa falta de aire que sientes.

Y él, llevándose a la boca el cigarrillo de paja, después de reprimir la carraspera crónica:

-Si el doctor diese con el porqué de las dolencias, el doctor no moriría.

De entrada, Maestre Severino atribuyó la disnea a la gripe mal curada de su último viaje. Pero la gripe se fue con su resto de tos convulsiva, y la opresión quedó, unos días más, otros menos, dándole frecuentemente la impresión de que iba a morir sofocado. Además, le venían mareos que lo obligaban a cerrar los ojos, sujetándose en los muebles o en las paredes, la vista nublada en un comienzo de vértigo.

-Siento la casa bailando, como el barco en alta mar -le confesó a Lourença en uno de esos accesos.

Después de un silencio, la vieja trató de calmar a su compañero, al verlo todavía lívido, intentando absorver el aire que se le escapaba.

– Es la fuerza de la costumbre, Maestre Severino. De tanto viajar, tu cuerpo piensa que está en el barco, cuando está en la tierra. Eso pasa.

Infelizmente no pasó. Las crisis se sucedían más a menudo, con sudores fríos, dolores en el pecho y sofocación. Cuando se espaciaban venían más fuertes, aturdiéndolo. Durante el día, distraído en su barco junto al depósito a la orilla del mar, Maestre Severino lo pasaba mejor. Era de noche, con la humedad de la playa que entraba en la casa por los tragaluces y rendijas y también por los huecos del tejado, cuando la opresión se repetía más intensa, más angustiante, sacándole el sueño, obligándolo a permanecer sentado con la boca entreabierta.

Como adquiriera con algún provecho en sus míseros años de prisión el hábito escapista de la lectura, tenía siempre a mano un viejo ejemplar, ya engrasado por el uso, y con el que también se distraía cuando la calma retornaba. Leía allí historias de viajes y naufragios, consultaba las tablas de las mareas, veía las fases de la luna, interesábase por la vida de los santos, hacía cálculos conjeturales con el calendario perpetuo. Casi siempre terminaba sumergido en el sueño con el almanaque sobre las piernas, sin haber disminuido la luz del candelero.

Por eso, le decía la Lourença:

-Tú, cuando no tienes sueño, pasas la vista por encima del libro y terminas por dormir; yo, como no sé leer, tengo que quedarme rezando, con la red de aquí para allá y de allá para acá, hasta que Dios Nuestro Señor me cierra los ojos despacito, como con pena de mí.

Ultimamente, sin embargo, no era para dormir que ella agarraba las cuentas de vidrio de su rosario. Se afligia cada vez más con las crisis repetidas de Maestre Severino ante el temor de una enfermedad grave, y trataba de recurrir a la protección divina, imaginando lo peor.

– Sí él me falta, ¿qué va a ser de mí, sola en este mundo con el Pedro que no es más que un chico? ¡Ah, Dios mío, no me dejes ahora atontada y sin saber para donde ir! Estoy ya vieja, sufrí mucho, apiádate de mí.

Y fue ella que, cuando la comadre Noca volvió de Alncântara, trajo de lejos a la curandera para bendecir al viejo barquero, con la esperanza de que la enfermedad no fuese más que un mal de ojo.

Muy alta y flaca, con su, infaltable baraja y el ramo de ruda que sacaba del fondo de una bolsa de cuero, la comadre Noca había bendecido al Maestre Severino siete veces seguidas, bajo la invocación de São Cipriano. Al fin, como las crisis volvió, y más fuerte, ella pasó a la galería, desparramó la baraja encima de la mesa, colocó las cartas en fila en silencio, una arruga vertical en el medio de la frente, y no tardó en reconocer:

– No es mal de ojo; es realmente una enfermedad, y seria. El compadre tiene que ir a ver al doctor, y cuanto antes.

Maestre Severino, aún con la mano sobre el pecho, levantó la voz decididamente:

– Ni me hable de eso, comadre. ¿Entonces, usted cree que yo, con setenta y seis años encima del lomo, voy a dejar que el doctor me haga desnudar y me manosee todo, para después sacarme mi dinero? No, señora: llegué a esta edad sin precisar ir al médico y he de morir sin pasar por ese vejamen.

La Lourença de allí en adelante, siempre más alarmada a cada nuevo acceso, comenzó a reñir con Maestre Severino, todas las veces que le faltaba el aire:

– Vete a ver al doctor. Si no quieres ir por ti, ve por mí y por tu nieto. ¿Qué te cuesta hacer lo que te pido? Vaya, no seas cabezón.

Maestre Severino dejó pasar una semana. La dolencia así como había venido de sorpresa podía también irse de sorpresa. ¿ Si él todavía tenía ánimo y fuerzas para salir mar afuera, al timón de su barco, porqué no tendría que estar bien? Estaría. Tendría que tener un poco más de paciencia. De pronto no sentiría nada más. ¿No había sucedido así con la punzada en la espalda, que lo atormentara por más de un mês, antes de la gripe?

– Dios lleva de este mundo a los que no tienen nada más que hacer aquí. Y mi tarea aún no há terminado -se dijo el viejo, en la mitad de la última noche en blanco, al enroscar un nuevo cigarrillo en el hueco de la mano.

Mientras que, en la mañana, al salir para su barco, había tenido la impresión depresiva de que había llegado realmente su hora. De sopetón sintió que el corazón se le contraía, como si dos manos de uñas afiladas lo aferraran ahogándole dentro del pecho. Se detuvo junto a la ventana de la sala mareado y sin respiración. Esperó um momento con la cabeza apoyada en la falleba, los ojos semicerrados, el sudor corriéndole por el rostro lívido. Le parecía que de la cintura para arriba le estaban arrancando las vísceras.

-Y ahora – llegó a decir.

Y como el aire le faltaba en una asfixia de ahogado, levantó la cabeza, torció impulsivamente el cerrojo de hierro de la falleba y rompió la ventana. Y fue entonces cuando dio con la mirada atónita de Pedro.

-Va a pasar, abuelo, va a pasar -le dijo el nieto con las cejas alzadas, compartiendo su desesperación.

Afortunadamente, a aquella hora en la larga calle de arena cubierta de sol matinal, pasaba solamente el viento húmedo levantando su nube de polvo. Pero el lanudo perro, que dormitaba en una acera de enfrente, irguió el hocico, de oído fino, al ruido de la ventana destrozada, y ladró al azar.

-Tome, abuelo. Tome, que va a pasar.

Y Maestre Severino, todavía atontado, la cara lavada de sudor, pudo al fin decirle al nieto, que se movía aturdido frente a él ofreciéndole la copa de agua:

-Ya está pasando, Pedro.

Con la mano extendida encima del pecho, la respiración entrecortada, se dejó caer en una silla, esperando que le volviesen las fuerzas, al mismo tiempo que la figura magra de la Lorença, con la taza de té en las manos trémulas, irrumpía por el vano de la puerta.

-Por el amor de Dios -le pidió la vieja al darle la taza- ve hoy al doctor.

Ahora, allí en el Largo da Matriz, era el recuerdo del mirar afligifo de Pedro que lo iba llevando a Maestre Severino a atravesar la plaza desierta bajo el sol de la tarde.

Al pasar frente a la puerta de la iglesia, a mitad de camino entre la escalinata del atrio y el crucero de piedra, vio salir de la nave del templo enjugándose la papada en un pañuelo grande y sucio, al inmenso Abdala, sin afeitar y con la cabellera despeinada. Antes de que le hablase fue el turco el que le preguntó pasándose el puñuelo por el cuello desabrochado:

-Maestre Severino, ¿cuándo es que sale su barco?

-A más tardar, el miércole de la semana que viene.

-Tal vez precise pedirle un favor -continuó Abdala, al pie de la escalinata-. Un gran favor, Maestre Severino. Un favor que no tiene precio. Recién acabo de disgustarme con el Padre Dourado. Me estoy dando cuenta de que tendré que recurrir a usted.

Maestre Severino disminuyó el paso intrigado, se detuvo en el borde de la acera. Sin embargo el outro, con el mismo pasito corto y nervioso, siempre enjugándose la papada, continuó su camino, dejando tras de sí esta vaga explicación que intrigó al viejo aún más:

-Cuestiones de familia, Maestre Severino. Las eternas cuestiones de familia. No quiera saber. Sólo yo sé lo que he sufrido.

Maestre Severino ya sobre la acera, acompañó al turco con los ojitos asombrados, lo vio casi rodar en el sol de la plaza, la gordura fofa danzando dentro de los pantalones flojos, los hombros caídos, la mano izquierda aferrando el pañuelo mojado. Al fin también le dio la espalda, camino de la acera estrecha del consultorio. Sin detenerse volvió nuevemente la cabeza, vio todavía una vez más, allá adelante, al gordo Abdala gesticulando: sonrió, se encogió de hombros, enderezó la mirada.

Frente a la puerta del consultorio, Maestre Severino hesitó intimidado, al ver sentados en un banco de madera a lo largo del extenso corredor que iba a la sala del doctor, a los pacientes que esperaban su turno para la consulta. ¿Sentarse también él allí? Se detuvo en el umbral de piedra y se puso a limpiar sus sandalias en el felpudo de hierro; palpó su bolsillo trasero en busca del cigarrillo y los fósforos, viendo que todas las miradas se habían vuelto en su dirección.

Un señor delgado, que ocupaba la extremidad del banco, cerca de la puerta, se arrimó hacia la izquierda dejándole espacio a su lado. Y en una voz fina que parecía ajustarse a su figura esquelética, invitó al viejo:

-Acérquese a los buenos, Maestre Severino. Espere su turno junto a mí. Déme ese placer.

Antes de responder, Maestre Severino volvió a restregar sus sandalias en el felpudo, ya con el cigarro en el borde de la boca, la vista baja, rojo, una sensación de calor subiéndole al rostro.

Encendió el cigarro, sopló la primera bocanada. Y sólo entonces fijó su mirada en el señor magro, que todavía no había abandonado del todo el gesto con que le ofrecía el lugar en la punta del banco:

-Agradecido, Mayor. Yo no vine “a consultarme”: sólo vine a hablar un momentito con el doctor. Como ya estoy casi de viaje, quiero saber si él desea alguna cosa de São Luís.

____

Fonte: Montello, Josué. Muelle de la consagración. Traducción de María José Crespo. Buenos Aires: Macondo Ediciones, 1979. Cap. 1. p. 25-29.

CAIS DA SAGRAÇÃO

Capítulo I

Josué Montello

Antes de alcançar o topo da ladeira Mestre Severino parou ofegante procurando encher o peito magro com a brisa que vinha da praia; logo voltou a sentir que não podia respirar. Permaneceu imóvel com a mão direita espalmada sobre o coração, sobrancelhas travadas, fisionomia tensa, até que o ar, aos poucos devagarinho, tornou a alcançar-lhe os pulmões.
Lá no alto, quase em frente à igreja, voltou a parar, ainda ofegante, desta vez para procurar, entre as casas baixas do Largo da Matriz, a meia-morada de beiral saliente onde o Dr. Estevão tinha reaberto o seu consultório, depois de uma temporada em São Luís.

– É aquela de janelas verdes, com uma placa junto da porta – reconheceu, dando de andar.

Recebendo em cheio o sol da tarde, que rebrilhava na areia solta do chão e bailava no pó que o vento levantava, sem a sombra de uma árvore para amenizar-lhe a travessia, Mestre Severino repassou de relance a sua noite em claro, a cabeça apoiada nos punhos da rede, os pés roçando a esteira de palha, no quarto iluminado pela chama do candeeiro. Deitado, sentia o peito oprimido, numa ânsia de sufocação; de cabeça levantada, podia respirar melhor, e a sensação sufocante de arrocho, que por vezes o atormentava durante o sono agitado, parecia espaçar-se, sem que o ar de todo lhe faltasse.

– Vá se consultar com o doutor, homem teimoso – tinha-lhe dito a Lourença, do quarto contíguo, ao levantar-se para lhe trazer mais uma vez o chá de erva-cidreira – Em dois tempos, o doutor dá um jeito nessa sua falta de ar.

E ele, levando à boca o cigarrinho de palha, depois de reprimir o pigarro renitente:

– Se doutor desse jeito em doença, doutor não morria.

De início, Mestre Severino atribuía a dispnéia à gripe mal curada de sua última viagem. Mas a gripe se fora, com seu resto de tosse convulsa, e a opressão ficara, uns dias menos, outros mais, dando-lhe freqüentemente a impressão de que ia morrer sufocado. Além do mais, vinham-lhe acessos de tontura, que o obrigavam a cerrar os olhos, amparando-se nos móveis ou nas paredes, a vista escura, num começo de vertigem.

– Sinto a casa jogando, como barco em alto mar – confessou ele à Lourença, num desses acessos.

Após um silêncio, a velha procurou acalmar o companheiro, vendo-o ainda lívido, a tentar sorver o ar que lhe fugia:

– É a força do costume, Mestre Severino. De tanto viajar, seu corpo pensa que está no barco quando está na terra. Isso passa.

Infelizmente não passara. As crises tinham-se amiudado, com suores frios, dores no peito, sufocação. Quando espaçavam, vinham mais fortes, atordoando-o. Durante o dia, distraído no seu barco junto ao trapiche, Mestre Severino passava melhor. Era de noite, com a umidade da praia a entrar na casa pelas frestas das portas e pelos vãos do telhado, que a opressão se repetia, mais intensa, mais angustiante, tirando-lhe o sono, obrigando-o a permanecer sentado, de boca entreaberta.

Como adquirira com algum proveito, nos seus arrastados anos de cadeia, o hábito evasivo da leitura, tinha sempre à mão um velho almanaque, já ensebado pelo uso, e com que também se distraía quando a calma lhe voltava. Lia ali histórias de viagens e naufrágios, consultava a tábua das marés, via as fases da lua, interessava-se pelas vidas de santos, fazia cálculos a esmo com o calendário perpétuo. Quase sempre terminava mergulhando no sono, com o almanaque em cima da perna, sem ter diminuído a luz do candeeiro.

Por isso, dizia-lhe a Lourença:

– Você, quando não tem sono, passa a vista por cima do livro, e acaba dormindo; eu, como não sei ler, tenho de ficar rezando, com a rede daqui pra lá e de lá pra cá, até Deus Nosso senhor me fechar os olhos devagarinho, com pena de mim.

Ultimamente, porém, não era para dormir que ela se agarrava às contas de vidro de seu terço. Afligia-se cada vês mais com as crises repetidas de Mestre Severino, no temor de uma doença grave, e tratava de recorrer à proteção divina, imaginando o pior.

– Se ele me falta, que é que vai ser de mim, sozinha neste mundo com o Pedro, que não passa de um menino? Ah, meus Deus, não deixe eu ficar no ora-veja, tonta, sem saber para onde me virar. Estou velha, já penei muito, tenha pena de mim.

E foi ela, assim que a Comadre Noca voltou de Alcântara, quem trouxe de longe a rezadeira para benzer o velho barqueiro, na esperança de que a doença dele não passasse de um mau-olhado.

Muito magra e alta, sempre munida de um baralho e um ramo de arruda, que retirava do fundo de uma bolsa de couro, a Comadre Noca tinha benzido o Mestre Severino sete vezes seguidas, sob a invocação de São Cipriano. Por fim, como a crise voltasse, e mais forte, ela passou à varanda, espalhou em cima da mesa o baralho, enfileirou as cartas, em silêncio, uma ruga vertical no meio da testa, e não tardou em reconhecer:

– Não é mau-olhado; pe doença mesmo, e braba. O Compadre tem que ir ao doutor o quanto antes.

Mestre Severino, ainda com a mão em cima do peito, arquejando, levantou a voz decidida:

– Nem me fale nisso, Comadre. Então a senhora acha que eu, com setenta e seis anos em cima do lombo, vou deixar que o doutor me ponha nu e me apalpa todo, para depois tomar meu dinheiro? Não senhora: cheguei a esta idade sem precisar de ir ao médico, hei de morrer sem passar por esse vexame.

A Lourença, daí em diante, sempre mais alarmada a cada novo acesso, passou a teimar com Mestre Severino, todas as vezes que o ar lhe faltava:

– Vá ao doutor. Se não quer ir por você, vá por mim e por seu neto. Que é que lhe custa atender meu pedido? Vá. Não seja cabeçudo.

Mestre Severino deixou passar uma semana. A doença, assim como viera de surpresa, de surpresa podia ir também. Se ele ainda tinha ânimo e força para sair barra a fora, no leme de seu barco, por que não haveria de ficar bom? Ficaria. Devia ter um pouco mais de paciência. De repente não sentiria mais nada. Não tinha sido assim com a pontada nas costas, que o atormentara por mais de mês, antes da gripe?

– Deus só leva deste mundo quem não tem mais o que fazer aqui. E a minha tarefa ainda não terminou – reconheceu o velho, em meio da última noite em claro, a enrolar um novo cigarrinho de palha na concha da mão.

No entanto, pela manhã, ao sair para o barco, tinha tido a impressão aflitiva de que havia chegado mesmo a sua hora. De supetão sentiu o coração contrair-se, como se duas mãos de unhas afiadas se fechassem sobre ele, sufocando-o dentro do peito. Parou junto à janela da sala, tonto, respiração suspensa. Demorou uns momentos com a cabeça junto à rótula, olhos semicerrados, o suor a lhe descer do rosto lívido. Parecia-lhe que suas vísceras, da cintura para cima, estavam sendo arrancadas.

– É agora – chegou a dizer.

E como o ar lhe faltasse, numa asfixia de afogado, levantou a cabeça, torceu impulsivamente o ferrolho da rótula, escancarou a janela. E foi então que deu com o olhar atônito do Pedro.

– Vai passar, vovô, vai passar – disse-lhe o neto, de sobrancelhas levantadas, compartindo o seu desespero.

Felizmente, àquela hora, na longa rua de areia coberta de sol matinal, só o vento úmido passava, levantando a sua nuvem de pó. Mas o cão felpudo, que dormitava numa calçada fronteira, ergueu o focinho, de orelhas fitas, ao ruído da janela escancarada, e latiu a esmo.

– Tome, vovô. Tome, que vai passar.

E Mestre Severino, ainda tonto, rosto lavado de suor, pôde afinal dizer ao neto, que se movia atarantado à sua frente a lhe oferecer o copo de água:

– Já está passando, Pedro.

Com a mão espalmada em cima do peito, a respiração curta e repetida, ele se deixou cair numa cadeira, à espera de que as forças lhe voltassem, ao mesmo tempo que a figura magra da Lourença, com a xícara de chá nas mãos trêmulas, irrompia pelo vão da porta.

– Pelo amor de Deus – pediu a velha, ao lhe dar a xícara – vá hoje ao doutor.

Agora, ali no Largo da Matriz, era ainda a lembrança do olhar aflito de Pedro que ia levando Mestre Severino a atravessar a praça deserta sob o sol da tarde.

Ao passar defronte da porta da igreja, a meio caminho entre a escadaria do adro e o cruzeiro de pedra, ele viu sair da nave, a enxugar a papada num grande lenço encardido, o imenso Abdala, a calça folgada presa pelos suspensórios, em mangas de camisa, barba por fazer, cabeleira despenteada. Antes que lhe faltasse, foi o turco que lhe perguntou, correndo o lenço pelo vão do colarinho desabotoado:

– Mestre Severino, quando é que sai seu barco?

– O mais tardar, terça-feira da semana que vem.

– Talvez eu precise de lhe pedir um favor – continuou o Abdala, já ao pé da escadaria – Um grande favor, Mestre Severino. Um favor que não tem preço. Agora mesmo me abri com o Padre Dourado. Estou vendo que terei de apelar para o senhor.

Mestre Severino, intrigado, diminuiu o passo, parou à borda da calçada. Porém o outro, no mesmo passinho curto e nervoso, sempre a enxugar a papada, continuou o seu caminho, deixando atrás de si explicação vaga, que intrigou ainda mais o velho:

– Questões de família, Mestre Severino. As eternas questões de família. Nem queira saber. Só eu sei o que tenho sofrido.

Mestre Severino, em cima da calçada, acompanhou o turco com os olhinhos espantados, viu-o rebolar ao sol da praça, a gordura fofa dançando dentro das calças frouxas, os ombros caídos, a mão esquerda amarfanhando o lenço molhado. Por fim, deu-lhe também as costas, a caminho da calçada estreita do consultório. Lá adiante, sem se deter, voltou novamente a cabeça, viu ainda uma vez o gordo Abdala gesticulando; sorriu, deu de ombros, endireitou o olhar.

Em frente à porta do consultório, Mestre Severino hesitou, intimidado, ao ver sentados num banco de pau, ao longo do corredor comprido que ia ter à sala do doutor, os doentes que esperavam a vez da consulta. Sentar-se ali, também ele? Parou na soleira de pedra, pôs-se a limpar as alpercatas no capacho de ferro, apalpou o bolso traseiro da calça em busca do cigarro e da caixa de fósforos, vendo que todos os olhares se tinham voltado em sua direção.

Um senhor magro, que ocupava a extremidade do banco perto da porta, arredou-se para a esquerda, abrindo espaço ao seu lado. E numa voz fina, que parecia ajustar-se à sua figura esquelética, convidou o velho:

– Chegue-se aos bons, Mestre Severino. Espere a sua vez aqui junto de mim. Me dê esse prazer.

Antes de responder, Mestre Severino tornou a esfregar as sandálias no capacho, já com o cigarro no canto da boca, vista baixa, vermelho, uma sensação de calor subindo-lhe ao rosto. Acendeu o cigarro, soprou a primeira fumaça. E só então firmou o olhar no senhor magro, que ainda não desfizera de todo o gesto com que lhe oferecia o lugar na ponta do banco:

– Obrigado, Seu Major. Eu não vim me consultar: só vim dar uma palavra rápida ao doutor. Como estou quase de viagem, quero saber se ele deseja alguma coisa de São Luís.

____

Fonte: Montello, Josué. Cais da sagração: romance. Rio de Janeiro: Nova Fronteira. 5ª edição, 1981. Cap. 1. p. 25-30.





Bio fornecida pelo palestrante.

Noite Sobre Alcantara




Autor: Josué Montello
Título: Noite Sobre Alcantara, Natt Över Alcantara
Idiomas: port, deu
Tradutor: Margareta Ahlberg(deu)
Data: 29/12/2004

NATT ÖVER ALCÂNTARA

KAPITEL I

Josué Montello

Fran utsidan av huset lkste han den tunga porten av andiroba-trä, det knarrade nar han vred nyckeln i dubbla slag i laset. Sedan han tva ganger forsäkrat sig om att dörren var stängd genom att knuffa till den inat korridoren, kunde han inte lata bli att skratta at sin försiktighet. Sa manga ar i följd hade han rutinmässigt utfört samma rörelse, upprepat vad vicomten alltid gjort, att han fann sin omsorg lustig när han nu visste att han inte mer hade intresse av villan, inte heller av de ting som fanns därinne.

Han sag sig förstrött om, som skulle han tilltala den svarte, som borde sta där och vänta pa honom:

– Nu kan vi ge oss av.

Han spanade efter kreolen, som skulle bära hans koffert till mäster Ambrósios bat, men han sag varken kreol eller koffert där pa torget. Var höll den förbannade Florindo hus? Han ropade pa honom i irriterad ton och höjde rösten medan han stoppade nyckeln i bakfickan pa byxorna. Och allt han fick som svar i gatans omfangsrika tystnad var skallet fran en mycket mager och sorgsen hund, som envisades med att vakta stenportalen till Manduca Farias hus. Den väntade ständigt pa sin herre, som ocksa hade flyttat till São Luis.

Med käppen under armen sköt han upp manschetterna pa skjortan innan han tog de första stegen i riktning mot uppförsbacken. Han rättade sa till handskarna och tog tag i silverkryckan pa sin käpp. Den höga hatten gjorde hans magra gestalt ännu längre och smärtare i den rnörka igenknäppta kavajen som kontrasterade mot de vita linnebyxorna, och hans granade har spretade ut under brättet. I knapphalet en röd ros. Pa slipsens knut en vacker pärla. Och fran den ena sidan till den andra av västen löpte guldkedjan till klockan som vicomtessen skänkt honom när han atervände fran kriget.

Han hade fortfarande ett stiligt krigiskt utseende trots att det var trettio ar sen han han tog av sig majors-uniformen. Hela hans gestalt stralade där den framstod helt och fullt i eftermiddagsljuset, framförallt de svarta ögonen och det silverglänsande skägget. De sammandragna ögonbrynen, de välskräddade kläderna och den energiska gangen, det vill säga den siste adelsmannen av Alcântara, fortfarande lyckosam, med tjänare och vagn, trots ruinerna som omgav honom. Icke desto mindre hade det varit han, sonson till baronen, son till vicomten, som pa Largo da Matriz i en folksamling och mellan knallarna fran raketer, i sällskap av Bezerra de Meneses och Cunha Machado, hade tillkännagivit monarkins fall, utropandet av republiken och bannlysningen av den kejserliga familjen.

När han var högst uppe i backen och skulle ga nerför fick han syn pa Florindo, som redan befann sig i änden av gränden som gick mot Largo do Carmo. Han stannade upp ett ögonblick, log av beundran över den svarte som balanserade kofferten pa huvudet. Han sag ut som en dansör, med vänster hand pa höften och den andra handen följde, som lösgjord fran kroppen, rörelsen hos de bara fötterna. Sa gjorde kreolen en snabb krängning, med ko-reografisk lätthet, och svängde runt hörnet. Under sin sista maltid i huset, även den här dagen, hade han enträget hävdat att Florindo skulle komma med honom. Trots sina dryckesperioder, da han föll i gatan utan ork att ta sig uppför trappan, hade den svarte goda egenskaper: han var slug och en stöttepelare när det gällde att halla ordning i huset och han log med stora vita tänder utan att ge sken av de femtiosex ar han hade firat i augusti med ett rejält dryckeslag.
– Här i Alcântara känner alla mej, majorn. I São Luís är det annorlunda. Här
föddes jag, här vill jag sluta.

– Res ut ett tag. Om du inte tycker om det, sa res tillbaka.

– Det är just vad jag ar rädd för. Jag vill inte ga ner till Praia do Jacaré och
se ut som jag angrar rnig. Det är bättre att inte ge sig i väg alls.
Inte heller Manduca Farias strimmiga hund förstod sig pa att leva nagon annanstans. Och han, major Natalino, gjorde han själv det? Han tog käppen under armen, kastade en blick bakat, som var det ännu ett farväl. Där stod fortfarande hunden vid ytterdörren, med de sma ögonen halvslutna. Ingen mer pa torget. Och husen i omgivningen var tillbommade. Längre fram, under klängväxternas lövverk, ruinerna av kyrkan. Fran hörnet började det redan stupa nerat, han sag att de laga husen saknade tegel pa taken, och i ett av takskäggen spirade den oljiga ricinväxten.

– Det här gar at skogen, suckade han.

Än en gang betraktade han huset och kände att han blev rörd inför dess släta fasad och terrassen. Varför skulle han fästa sig vid det gamla huset, om där bara fanns kvar nagra gamla möbler och vicomtessens piano som var angripet av termiter? En dag kunde en kraftig vindstöt under vinterns stormar fa husets bakre del att rasa ner, eftersom väggarna redan var hotade av sprickor och sa skulle bara stengrunden bli kvar, med blinda fönster över det tomma torget.

Ensam, vad skulle han göra i det tysta Alcântara? Pa senare tid, när han atervände hem efter sina eftermiddagsturer ner till staden, blev han betryckt vid vissheten om att alla hans gamla vänner och kamrater, om de inte gett sig i väg genom att byta Alcântara mot São Luís, vilade under jorden med ett kors ovanför, i kyrkogardens övergivenhet.

Därvid kände han hur nagot snuddade vid hans högra ben, i knähöjd. Han böjde sig ner för att smeka den tigrerade hunden, som kommit för att lukta pa hans byxor, och som viftade pa sin förtorkade svans.

– Nu, nu maste du ocksa titta pa mitt hus, meddelade ban hunden.

Medan hunden fortfarande viftade med sin skrumpna svans höll han huvudet sänkt och rörde det fram och tillbaka, ögonen var sorgsna, sa skällde han pa mafa, som för att tala om att han inte tänkte ge sig i väg, och atervände till sin plats vid ytterdörren.

Natalino betraktade honom medlidsamt, noterade att han var mera dämpad och skröplig än förut och gissade att det inte skulle dröja länge förrän han lag död pa gatan med nosen mellan tassarna, som om han sov. Vad kunde han göra för hunden? Att ta honom därifran vore grymt. Be Florindo ta hand om honom? Ja, det vore det klokaste: tills han dog skulle han da atminstone ha ett ben att gnaga pa och en skal med vatten.

Sa slutligen, när Natalino kom ihag baten som väntade pa honom, började han ga gatan nerför. Varje gang han satte ner höger ben kände han mot njuren trycket av portnyckeln i byxfickan. Varför skulle han bära med sig den där nyckeln, om han inte hade planer pa att atervända till huset? Beslutsamt dök hans hand ner i bakfickan, och kastade in nyckeln pa en vissen gräsplätt till höger. När han hörde ljudet, erfor han att genom denna handrörelse hade ban befriat sig fran sitt förflutna för att börja ett nytt liv.

Han började inse att svarare än att leva, är att pa ett harmoniskt sätt, begränsa sitt liv, utan bitterhet eller protest, i fred med omvärlden som han lämnade. Alcântara med sina tömda hus, överallt samma tystnad, inget piano att spela pa, inga barn som sprang omkring och lekte, ingen röst fran nagon kvinna som sjöng vid vaggan. Istället för det lätta klappret fran negressernas sandaler vindens tjutande, sam förenade sig med de häftiga vindstötar
som skakade lövverken.
(…)

_____

Fonte: Montello, Josué. Natt över Alcântara. Aus dem Portugieschen von Margareta Ahlberg. s. l. Nordan Comunidad, s.d. p. 21-24.

NOITE SOBRE ALCÂNTARA

CAPÍTULO PRIMEIRO

Josué Montello

Do lado de fora do sobrado, ele fechou a pesada porta de andiroba, rangendo a chave na dupla volta da fechadura, e depois de experimentar, por duas vezes, se estava mesmo bem fechada, empurrando-a no sentido do corredor, não pode deixar de sorrir daquele seu cuidado. Tantos anos seguidos havia feito maquinalmente o mesmo movimento, repetindo o que sempre vira fazer o Visconde, que não podia agora deixar de achar graça na cautela com que, por distração, tornara a empurrar a porta, sabendo que não tinha mais interesse pela casa nem pelas coisas que lá ficavam.

E noutro impulso distraído, como se falasse ao preto que devia estar ali perto a sua espera:

– Agora, podemos ir.

Olhou em volta, à procura do crioulo que lhe carregaria o baú ate o barco de Mestre Ambr6sio, e não viu mais, ali no largo, nem crioulo nem baú. Onde se metera o diabo do Florindo? Chamou por ele, em tom irritado, alteando a voz, enquanto recolhia a chave da porta ao bolso traseiro da calca, e tudo quanto ouviu, como resposta, no silencio espaçoso da rua, foi o latido de um grande cão rajado, muito magro e triste, que teimava em guardar o portal de pedra da casa do Manduca Faria, sempre a esperar pelos donos, que também já se tinham mudado para São Luis.

De bengala sobraçada, puxou os punhos da camisa, antes de dar os primeiros passos no sentido do alto da ladeira; depois, segurando as luvas, empunhou a bengala pelo castão de prata. 0 chapéu alto tornava mais esguia a sua figura magra, de derramados cabelos grisalhos, abotoada num casaco escuro que contrastava com a alvura da calça de brim. Na botoeira, uma rosa vermelha. Por baixo do laço da gravata, uma vistosa pérola. De um lado a outro do colete, enfeitando o peito erguido, corno que exibia a corrente de ouro do relógio que a Viscondessa lhe tinha dado quando voltara da guerra.

Afinal deu de andar, pisando firme e cheio. Tinha ainda um belo ar marcial, a despeito de já fazer trinta bons anos que despira a farda de Major. Toda a sua figura resplandecia, batida em cheio pela luz da tarde, sobretudo os olhos negros e a barba prateada. De sobrancelhas contraídas, a roupa bem talhada e o passo enérgico, dir-se-ia o derradeiro fidalgo de Alcântara, ainda pr6spero, com criados e carruagem, por entre as ruínas que o cercavam. No entanto, havia sido ele, precisamente ele, neto de Barão, filho de Visconde, quem anunciara no Largo da Matriz., entre os vivas do povo e o estampido dos foguetes em companhia do Bezerra de Meneses e do Cunha Machado, a queda da Monarquia, a proclamação da Republica e o banimento da família imperial.

Do topo da ladeira, antes de começar a desce-la, avistou afinal o Florindo, já quase ao fim do beco que ia dar no Largo do Carmo. Parando um momento, voltou a sorrir, admirando o andar ligeiro do preto com o baú equilibrado na cabeça. Parecia um bailarino, com a mão esquerda no quadril e a outra acompanhando o movimento dos pés descalços, afastada do corpo. E nisto o crioulo deu uma volta rápida, com a leveza perfeita de um passo coreográfico, desaparecendo na dobra da rua.

No correr de seu ultimo almoço no sobrado, ainda naquele dia; tornara a insistir com o Florindo, querendo levá-lo consigo. Apesar das carraspanas que espaçadamente tomava, deixando-se cair na calçada da rua, sem forças para subir os degraus da escada, o preto tinha qualidades: era ladino, e pau para toda obra nos arranjos da casa, sempre a reluzir os grandes dentes alvos, sem aparentar os cinqüenta e seis anos que havia comemorado em agosto com uma vasta bebedeira.

– Aqui em Alcântara todo mundo me conhece, Seu Major. Em São Luis é diferente. Nasci aqui, aqui quero acabar.

– Vais por uns tempos. Se não gostares de lá, voltas.

– É disso que eu tenho medo. Não quero descer na Praia do Jacaré com cara de arrependido. Melhor não ir.

Também o cão rajado do Manduca Faria não saberia viver em outro sugar. E ele, Major Natalino, saberia? Tornou a sobraçar a bengala, olhou em volta, como em nova despedida. Lá estava ainda o cão junto ao portal, a acompanhá-lo com os olhinhos entrefechados. Ninguém mais no largo. Em redor, as casas fechadas. Adiante, sob a ramagem das trepadeiras, os escombros da igreja. A meia-morada da esquina já começara a cair, com o teto destelhado, os caibros à mostra, e um pe de mamona a crescer numa das pontas da cumeeira.

– Isto vai mal – suspirou.

E fixou mais uma vez a vista no sobrado, sentindo que se emocionava ante a sua fachada lisa e o seu mirante. Por que haveria de apegar-se à velha casa, se ali só restavam uns velhos trastes e o piano da Viscondessa atacado pelo cupim? Mais dia, menos dia, ao golpe de uma rajada mais forte dos vendavais de inverno, toda a parte traseira do sobrado, já ameaçada pelas rachaduras das paredes, podia vir abaixo, para apenas restar a frontaria de pedra, com as janelas cegas sobre o largo deserto.

Sozinho, que ficava fazendo no silencio de Alcântara? Ultimamente, pelo quebrar da tarde, nas suas voltas na cidade, regressava ao sobrado com a certeza opressiva de gue quase todos os seus velhos amigos e companheiros, se não tinham ido embora, trocando Alcântara por São Luís, jaziam debaixo da terra, com uma cruz por cima, no abandono do cemitério.

E nisto sentiu que lhe roçavam a perna direita, à altura do joelho. Depois do susto, abaixou-se para afagar o cão rajado, que viera farejar-lhe as calças, sacudindo a cauda murcha.

– Agora, terás de olhar também o meu sobrado.

Sempre sacudindo a cauda, o cão rodeou-o de cabeça baixa, os olhos tristes, depois latiu a esmo, como a dizer-lhe que não fosse embora, e volveu ao seu lugar junto ao portal.

Compadecido, Natalino seguiu-o com a vista, notando-lhe ainda mais a expressão vencida e trôpega, e adivinhou que não tardariam a dar com ele morto, naquele mesmo trecho de calçada, o focinho entre as patas, como adormecido. Que podia fazer pelo cão? Tirá-lo dali seria uma crueldade. Recomendar ao Florindo que cuidasse dele? Sim, era o mais acertado: pelo menos, até morrer, teria ao pé de si um pedaço de osso e um caneco de água.

Em seguida, lembrando-se do barco que estaria já à sua espera, Natalino começou a descer a ladeira. E a cada passo da perna direita, que o declive da rua favorecia, sentia contra o rim a pressão da chave da porta no bolso da calça. Por que levar consigo aquele trambolho, se não tinha pianos de voltar ao sobrado? E mergulhando no bolso traseiro a mão resoluta, arremessou a chave incomoda por cima de um tufo de mato cerrado, no terreno baldio à sua direita. Ao ouvir-1he o tinido, logo depois, experimentou a curiosa sensação de que, nesse gesto, se libertava de seu passado, para viver novo destino.

Ele começava a reconhecer que, mais difícil do que viver, é saber encerrar harmoniosamente a vida, sem azedumes nem resmungos, em paz com o mundo que ficaria para trás. Alcântara, com a seqüência de suas casas vazias, como que o oprimia e esmagava. Por toda parte, nas ruas retilíneas, o mesmo silencio, sem um piano a tocar, sem correrias de meninos, sem uma voz de mulher cantando ao embalo da rede. Em vez do pleque-pleque das sandálias das negras nas calçadas, o uivo do vento, longo, esfuziante, misturando-se ao ruído das ramagens que a rajada fresca sacudia.
(…).

____

Fonte: Montello, Josué. Noite sobre Alcântara. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1984. Cap. 1. p. 19-23.





Bio fornecida pelo palestrante.

Os Tambores de São Luís




Autor: Josué Montello
Título: Os Tambores de São Luís, Les Tambours Noirs)
Idiomas: port, fra
Tradutor: Jacques Thiériot, Marie-Pierre Mazeas, Monique Le Moing(fra)
Data: 29/12/2004

LES TAMBOURS NOIRS

Chapitre 1

Josué Montello

Jusque-là les tambours de la Maison des Minas avaient accompagné ses pas, et il apercevait encore les trois tambourinaires, sur la gauche de la véranda, qui battaient à grands coups leurs instruments rituels sur fond de clarines et de calebasses, tandis que la grande prêtresse Andréza Maria laissait glisser son châle sur ses avant-bras pour recevoir l’esprit de Toï-Zamadone, le maître de lieu.

De temps à autre, le vent se calmait ou changeait de direction,son pas décidé sur la chaussée déserte étouffait le martèlement des tambours soudain muets dans le silence de la nuit. Mais presque aussitôt, leur battement et l’image de la grande prêtresse, entourée de ses novices tout de blanc vêtues, revenaient à son esprit, portés par une bourrasque rafraîchissante : il revoyait sa maigreur altière, son port de reine et les premiers fils d’argent de sa chevelure.

Elle était venue en personne le chercher à l’entrée du quérébétan. Il n’avait d’autre intention que d’écouter les tambours et de regarder les danses quelques instants, assis sur le grand banc de la véranda, le visage tourné vers l’espace sacré parsemé de bougies. Le banc était déjà entièrement occupé. De nombreux fidèles étaient assis sur le sol de terre battue, les mains croisées autour des genoux ; d’autres restaient debout adossés au mur. Mais la grande prêtresse, qui l’avait conduit par la main, avait invité l’un d’eux à céder sa place sur le banc ; de là, il pouvait de façon vraiment privilégiée voir battre les tambours et danser les novices dans le clappement des calebasses, au son métallique des clarines.

Il sentait par moments le besoin d’y aller, irrésistiblement poussé par une nostalgie maladive qu’il n’aurait su lui-même définir ou expliquer, malgré toute l’acuité de son intelligence supérieure. Oui, à écouter battre les tambours rituels, il se sentait réintégrer le monde magique de ses origines africaines : une sensation nouvelle de paix l’envahissait jusqu’au plus profond de son être.

Il en sortait étrangement apaisé : son corps semblait plus léger et plus exquises ses journées, comme si la divinité qui accompagne sur terre les pas de chaque Noir lui fût à nouveau propice.

Dans le ciel, un mince croissant de lune au-dessus de l’église de Saint-Pantaleón ; pourtant sur la ville endormie glissait une douce clarté violacée et une multitude d’étoiles scintillaient dans cette nuit d’été. A chaque coin de rue un réverbère en sentinelle et le chuintement de son bec de gaz ; l’enfilade des maisons fermées. Tout près, vers la rue de l’Envie, le roulement accéléré d’un fiacre ; le galop du cheval sur les pavés de la chaussée. Et toujours le martèlement frénétique et régulier des tambours, tantôt lointain, tantôt proche, mais bien plus vif que le claquement des fers des chevaux.

A l’angle de la rue de la Promenade et de la rue du Mocambo (1), avant de passer sur le trottoir d’en face, Damien s’arrêta un instant, aveuglé par la clarté du gaz.

Protégé de l’humidité par son feutre anglais, dernier cadeau de Noel du gouverneur Louis Domingues, le dos droit, le corps sec et raide, les épaules hautes, il avait l’air plus grand. A quatre-vingts ans, avec cette lueur vive dans les yeux, cette démarche assurée, ce port de tête, il en faisait soixante… moins peut-être. Jusqu1au début du sièle, il n’avait pas quitté la canne à pommeau d’argent avec laquelle, pour la première fois, il avait pénétré dans le palais de justice, sa serviette d’avocat occasionnel sous le bras, pour défendre un autre Noir comme lui. Il s’habillait maintenant avec simplicité, toujours impeccable, rasé de près, le veston boutonné jusqu’au menton, une épingle en or fixée à sa cravate.

– Excusez-moi…

Damien sursauta en entendant la voix rauque qui venait de derrière son épaule droite, du côté de la rue du Mocambo. Il n’avait perçu aucun bruit de pas. Il se retrouva face à Satyre Cardoso, tout petit mais bien fait, mal fagoté dans son habit défraîchi de magicien, le faux-col remonté, les joues creuses, moustachu, une étincelle de folie dans les yeux ; et qui d’emblée lui dit, en lui présentant du bout des doigts un morceau de papier imprimé:

– Voilà une invitation pour mon prochain spectacle.

– Toujours pour La Chute du drapeau.

– Oui ! Le public la redemande. Et c’est lui qui commande.

Damien voulut savoir pourquoi le vieux magicien préférait cette heure de la nuit pour distribuer ses invitations, alors que toutes les maisons étaient fermées.

– Le jour, rétorqua-t-il, les gamins me courent après, et m’appellent Troïre. Ils vont même jusqu’à pousser les chiens à me mordre. La nuit, c’est plus calme : les gamins dorment.

Là-dessus, il descendit la rue du Mocambo, et glissa ses bouts de papier sous les portes, sans bruit, effleurant à peine le trottoir de son pas léger.

Il y avait déjà plusieurs années que Damien voyait apparaître en ville cette silhouette caricaturale, toujours par monts et par vaux, avec son haut-de-forme noir, son habit, ses souliers éculés, sa serviette en cuir, noire elle aussi, sous le bras, et qui se présentait sur la place des Carmes, au palais du gouverneur, à la rédaction des journaux, au lycée, à l’évêché, et aussi à la porte des églises, aux messes dominicales et aux mariages, comme l’ ” illusionniste du Maranão”. Quelques jours après leur première rencontre, par pure curiosité, Damien avait assisté, au théâtre Saint-Louis, à son premier spectacle, qui s’était redonné, depuis, chaque année : un tour de magie bien au point, intitulé La Chute du drapeau. Satyre montait jusqu’au dernier barreau d’une échelle installée au beau milieu de la scène et de là-haut, déployant un drapeau, il déclamait un interminable galimatias sans queue ni tête, écrit dans une langue supposée de son invention, le grammazin, dont il présentait d’abord le principe sur un tableau : “Le A de l’alphabet grammazin est semblable au A de l’alphabet portuguais, avec cette différence qu’il s’écrit la tête en bas et se prononce bé.” Puis il se drapait dans l’étendard. Un coup de feu sec éclatait, l’assistance sursautait. Et sans hésiter le magicien prenait son envol et… tombait avec fracas au pied de l’échelle, sur les planches de la scène.

– Bis, bis, lui criait-on du poulailler.

Et Satyre répétait son monologue, une fois, deux fois, encore et encore, avec le même coup de feu et la même chute, jusqu’à ce que Damien, bouleversé par sa folie, se mît à protester : “Assez ! Ça suffit !” Alors le magicien finissait par se retirer en boitant, une main sur sa hanche blessée, tandis que le rideau tombait sous les cris et les sifflets.

Avant que Satyre ne disparaisse, toujours occupé à glisser ses imprimés sous les portes, Damien changea de trottoir, suivi du battement obstiné des tambours. Dans l’axe derrière lui s’étendait le cimetière du Vautour où reposaient dans la sainte paix du Seigneur le père Polycarpe, Geneviève Pia, Aparecida, ,maître Celso de Magalhães, dame Benben, dame Pascale, dame Calu et ce cher baron, chacun dans son caveau ou sa tombe. En face, la place de la Caserne ; plus loin, vers la droite, la rue des Potagers, la place de la Prision, la place du Jenipapier et enfin le quartier du Cognassier, avec la maison de son arrière-petite-fille, sur une colline verte qui dévalait vers la mer.

C’est Tian en personne, dans la voiture avec laquelle il était allé chercher la sage-femme, qui lui avait apporté la nouvelle : au crépuscule, Béa, toute, retournée de mettre au monde son premier enfant, avait senti de violentes douleurs.

– D’accord, j’irai la voir. Mais pas maintenant. Le premier accouchement donne souvent de fausses alertes. A mon avis ce sera pour le milieu de la nuit.

Et avant que Tian ne reparte:

– De mon temps, les plus jeunes attendaient les plus vieux.

– Aujourd’hui, tout change.

Toute la famille, affolée par l’arrivée du premier arrière-arrière-petit-fils, l’avait laissé seul avec la domestique qui avait expédié le service du dîner… avant de courir à son tour chez Béa. Damien s’habilla lentement, conscient qu’il était inutile de se presser et il s’accorda même un petit somme dans la chaise à bacule de la véranda ; malgré les aboiements et l’agitation de Velours, en plein rut insatisfait, il lui confia la garde de la maison.

Il était resté un bon bout de temps au coin de la rue des Spondias, à attendre l’apparition d’un fiacre qui l’emménerait au quartier du Cognassier. Il avait fini par admettre que si cela devait dépendre d’une voiture, il ne connaîtrait son arrière-arrière-petit-fils que dèjá grand. La seule solution, c’était d’y aller à pied, en profitant de la fraîcheur de la nuit.

En entrant dans la rue de Saint-Pantaleón, à une bonne distance du cimetière des Anglais, il éprouva soudain une sensation de froid de la tête aux pieds, comme si un courant d’air glacé l’eût saisi par-derrière. Il respira un grand coup et poursuivit son chemin, sans accélerer ni ralentir le pas ; il tentait de se convaincre que la rafale venait de la rue de l’Alouette ; il s’arrêta un peu plus loin, palpa les poches de son pantalon, à la recherche de son paquet de cigarettes. Il les avait bien prises, mais pas sa boîte d’allumettes.

– Eh oui ! Voilà c’ que c’est qu’ d’être vieux : quand on se souvient d’une chose, on en oublie une autre. Faut se faire une raison !

Très digne, il reprit son chemin, essayant de distraire so regard de la solitude de la longue rue. Le vent se remit à souffler, mais cette fois plus fort, comme si le temps allait changer. Le ciel dégagé le tranquillisa cependant. Une fenêtre claqua ; une branche d’arbre se brisa sur un mur et s’abattit sur le trottoir ; plus loin, une vitre vola en éclats sous le choc violent d’une autre fenêtre ; une boîte de conserve vide roula le caniveau.

Avant même d’arriver au bout du pâté de maisons, il eut l’impression qu’il se passait quelque chose d’étrange, lié à sa propre personne. Il essaya de se libérer de cette impression désagréable, mais elle le reprit, insidieuse, oppressante, avec l’insistance d’un mauvais présage. Il pensa à Béa. Non, il ne popuvait s’agir d’elle : le médecin l’avait vue le matin même et avait garanti que l’accouchement serait normal. Tout allait bien, l’enfant était bien placé ; il n’y avait plus qu’à attendre le bon vouloir de la nature, sous la surveillance attentive de l’experte commère Ludovine.

-Et elle y est déjà !

Mais alors dans la Maison des Minas, tout près de lui, éclata le fracas des tambours ; ni le tintement des clarines ni le bruit de crécelle des calebasses ne réussirent à couvrir leur roulement accéléré et nerveux qui emportait les novices dans un tourbillon sans fin. Chaque battement semblait vouloir rattraper le suivant, sans qu’aucun tambourinaire rompe le rythme vertigineux. Seul ce battement frénétique était perceptible, étouffant le son des autres instruments ; et c’est lui seul que le vent emportait de tous côtés et dispersait dans la grande nuit d’août qui enveloppait la ville.

Une fois de l’aure côté de la rue, Damien s’aperçut qu’il était sur le trottoir du Quérébétan.
Il ralentit le pas dans l’idée d’y entrer. C’était à l’angle de la ruelle des Créoles, une maison basse, au toit saillant, récemment chaulée, avec des volets et une porte à deux battants qui donnait sur la rue de Saint-Pantaléon. Un seul battant était ouvert. Planté sur le seuil, Damien jeta un coup d’oeil à l’intérieur ; le couloir et la véranda étaient déjà pleins, les novices dansaient autour de la grande prêtresse Andréza Maria. Il s’apprêtait à entrer dans le couloir quand celle-ci remonta son chalê sur ses épaules, imposant aux tambourinaires une trêve inattendue, aussitôt rompue par un battement plus fort, sur un autre rythme ; elle s’avança alors vers la porte, au milieu de la foule qui s’écartait pour lui laisser le passage. Damien fit encore un pas et attendit qu’elle vienne le chercher.

Plus tard, quand il sortit, il n’aurait su dire au juste combien de temps il y était resté. Vingt minutes ? Une demi-heure ? Davantage ? Sans doute davantage. L’important, c’est qu’après avoir écouté les tambourinaires et assité aux danses rituelles, il se sentait prêt à aller à la recontre de son arrière-arrière-petit-fils. Assis sur le banc à regarder les novices danser au milieu des bougies, il redevenait ce Noir, pur descendant de sa race, si proche de ses lointaines racines africaines. Et, dans cer état d’esprit, après avoir descendu la ruelle des Créoles, il s’engagea dans la rue de la Promenade, toujours accompagné des tambours.

Longue et rectiligne, elle lui semblait interminable : de chaque côté, des maisons aux carreaux de faïence, des grilles en fer finement ouvragées, des vitres de couleur dans l’éventail des fenêtres, et ici et là un portail de pierre. Faute de montre pour regarder l’heure (la sienne était chez Manec-orfèvre pour un nettovage complet du mécanisme depuis déjà une semaine), c’était en vain que Damien vérifiait de temps en temps la position de la lune, qui tantôt se cachait derrière les greniers les plus élevés, tantôt réapparaissait un peu plus loin, courbe et pointue comme la corne du bumba-meu-Boi, qui pénètre sur le terre-plein.

A l’angle de la rue Sainte-Anne, le bec de gaz était sur le point de s’éteindre, réduit à une toute petite flamme qui se recroquevillait dans le globe poussiéreux, comme apeurée par la nuit et l’obscurité qui se refermait sur elle. Le tintamarre d’une poubelle bringuebalée sur les pavés le fit à nouveau sursauter : un chien maigre n’ayant que la peau et les os et traînant la patte la poussait de son museau dans les ordures qui se répandaient sur le trottoir plongé dans l’obscurité. Au bruit des pas de Damien, tout proche, le chien prit peur à son tour ; il retira aussitôt sa tête de l’intéricur de la poubelle, et, claudiquant, courut vers l’autre côté de la rue, un os dans la gueule.

Un peu plus loin, du côté de la rue de la Butte, Damien entend soudain le son maladroit d’un piano. Et tandis qu’il tend l’oreille pour essayer de retrouver les mesures de la valse, à la hauteur de l’hôpital portugais, un fiacre débouche de la rue de la Promenade. Le piétinement des chevaux et le fracas des roues sont si proches qu’il attend que la voiture le dépasse à toute allure, en direction de la place de la Caserne. Comme elle tarde à passer, il se retourne et ne la voit pas : dans la rue déserte, seul le chien ronge son os à la lueur d’un autre réverbère. Le fiacre a tourné dans la rue du Mocambo et le vacarme s’éloigne vers la place de la Joie ; le piano se tait et là-bas, dans le sanctuaire des Minas, le battement des tambours résonne à nouveau.
Damien se souvint que dame Anne Jansen, tous les vendredis, au beau milieu de la nuit, sortait de sa tombe et faisait un tour complet de la ville, dans un carrosse tiré par un quadrige sans tête, conduit par un squelette brandissant un fouet.

– Racontars ! réagit Damien. Une histoire à dormir debout, inventée par les ennemis politiques de la vieille ! Les morts ne veulent que le repos.

Et palpant à nouveau la poche de son pantalon, il en sortit une cigarette qu’il prit entre ses lèvres. Un peu plus loin, le bistrot du coin de la Grand-Rue était peut-être encore ouvert. Comment avait-il pu oublier ses allumettes ? Surtout lui qui en vieillissant ne se privait jamais de ses petites cigarettes nocturnes pour attendre le sommeil…

Il se revit sortant au petit matin de la chambre de Marie Quiterie, au rez-de-chaussée d’une demeure de la rue de l’Étoile. Un peu plus loin, dans la montée de la rue de Nazareth, au-delà de l’escalier de la rue de la Craie, il fut surpris par un fracas assourdissant de vaisselle brisée. Intrigué, il ralentit. On cassait de la vaisselle sans répit, pièce par pièce ou par lots, et les morceaux volaient de tous côtés sous des coups réguliers.

Du haut de l’escalier, dans la clarté du jour qui naissait, il vit en contrebas, sur la dernière marche de la demeure du commandeur Antoine Meireles, un groupe de Noirs armés de gourdins qui cassaient à un rythme accéléré des piles et des piles de vases de nuit en faïence entassés sur le trottoir.

Damien descendit les marches quatre à quatre, et avant d’arriver en bas, devinant ce qui se passait, il se mit à rire.

Depuis des mois déjà, tout Saint-Louis en faisait quotidiennement des gorges chaudes, dans les conciliabules de la place des Carmes, dans les conversations de la promenade publique, dans les messes basses de sacristie. Ennemi juré de dame Anne Jansen avec il vivait à couteaux tirés, le commandeur Meireles avait fait venir d’Angleterre un millier de superbes pots de chambre en faïence décorés dans le fond du portrait de la vieille, dans le but de les vendre pour une bouchée de pain. Dame Anne Jansen, mise au courant, supporta patiemment les ricanements de la ville. Elle se garda bien de réagir sur le coup ; elle laissa faire le temps, mais fit acheter à la boutique du commandeur, par deux, par trois, et même par dix, les pots de chambre à son effigie, jusqu’au jour où elle eut la certitude qu’elle avait bien mis la main sur tout le lot.

Par simple curiosité, et contenant à grand-peine son envie de rire, Damien demanda à l’un des Noirs :

– De qui êtes-vous les esclaves ?

– De dame Anne Jansen.

Ils étaient une trentaine, costauds, bien baraqués, et tous sans exception fracassaient les pissoirs avec une rage insolente. Les coups redoublaient et le moindre choc faisait voler la porcelaine en éclats. Ce tintamarre inhabituel avait peu à peu réveillé tout le voisinage. Des visages encore endormis apparaissaient aux volets entrouverts des étages ; quelques curieux se penchaient même aux balcons ; d’autres, en pantoufles et en robe de chambre au beau milieu de la rue, riaient à gorge déployée devant le massacre des pots de chambre. Une insupportable odeur d’urine fétide se dégageait d’un vase de nuit déposé dans un coin ; il était presque trois fois plus grand que les autres et fermé d’un couvercle, en faïence lui aussi.

– Et celui-là ? s’enquit Damien.

– Ma maîtresse a dit d’vider l’urine sur la tête du commandeur s’il vient demander des explications.

Sans interrompre ses gestes vigoureux, le Noir ouvrit vers Damien une bouche rieuse pourvue d’une dentition impressionnante, et, entre deux pots de chambre, conclut par ce commentaire:

– Dame Anne Jansen c’est pas un être humain. J’ l’ai assez dit. S’y frotter c’est donner des verges pour se faire battre. Vous pouvez me croire!

Une cigarette éteinte au coin des lèvres, Damien se dirigea vers la Grand-Rue : il se demandait où il pourrait bien trouver une boîte d’allumettes dans le quartier. Mais avant même d’atteindre le coin de la rue, il aperçut en face d’une vaste demeure aux fenêtres ogivales la porte entrebâilllée d’un bistrot.

Et toujours le son des tambours qui le suivait pas à pas, les jeux de cache-cache de la pleine lune et le scintillement des étoiles dans le firmament. Le vent sifflait, s’engouffrant dans la rue déserte, balayant les trottoirs pour s’évanouir enfin dans la valse diabolique d’un tourbillon.

Dans le bistrot, seule brillait une lampe à huile suspendue au mur enfumé par un support métallique. La flamme vacillante dans son verre noirce tombait sur le comptoir, mais laissait en partie dans la pénombre les quelques tables vides de la petite salle. Derrière le comptoir, personne.

Damien franchit la marche de la porte d’entrée, fit quelques pas et frappa dans ses mains. En attendant qu’on s’occupe de lui, il promena son regard dans la pièce et s’approcha du comptoir. Sur sa droite, il découvrit soudain entre les deux première tables, gisant dans une mare de sang, la maigre et longue silhouette d’un Noir, plutôt bien habillé, à plat ventre, un couteau planté dans le dos à la hauteur du coeur. Figé d’épouvante, il le fixa un bon moment. Il ne distinguait que sa nuque et une partie de son cou, mais ne pouvait voir son visage. Ainsi vêtu, il n’était sans doute pas du coin. Il déplaça légèrement le corps dans l’espoir d’y trouver encore un souffle de vie : celui-ci resta inerte, le bras droit écrasé sous le torse, dans la position où il était tombé.

La flamme mourait doucement. Damien, les sourcils froncés, regarda autour de lui. Dans le fond, s’entassaient sur une table un verre cassé, un cendrier rempli de mégots et de cendres et des bouteilles d’alcool presque toutes renversées sur la plaque de marbre. Quand il avança en direction de la lampe, les débris de verre crissèrent sous la semelle de ses bottines. Alors, mû par un soupçon, il regarda derrière le comptoir : un autre cadavre était étendu sur le carrelage, le tête probablement fendue par un coup violent. Il était de face, le buste à demi appuyé entre le comptoir et les étagères à bouteilles. La lumière rougeâtre et de plus en plus ténue qui tombait sur lui permit à Damien de reconnaître sans hésiter le visage couvert de sang coagulé de l’homme corpulent aux moustaches en crocs, qui, quelques jours auparavant, ici même, lui avait vendu un paquet de cigarettes.

____
Fonte : Montello, Josué. Les tambours noirs. La saga du nègre brésilien : roman. Traduit du brésilien par Jacques Thiériot, Marie-Pierre Mazeas, Monique Le Moing. France : Flammarion, 1987. Chap. 1. p. 11-19.

NOTA

Mocambo : Il s’agit du lieu où se réfugiaient les esclaves en fuite dans la forêt. (N. d. T.).

OS TAMBORES DE SÃO LUÍS

Capítulo 1

Josué Montello

Até ali os Tambores da Casa-Grande das Minas tinham seguido seus passos, e ele via ainda os três tamboreiros, no canto esquerdo da varanda, rufando forte os seus instrumentos rituais, com o acompanhamento dos ogãs e das cabaças, enquanto a nochê Andreza Maria deixava cair o xale para os antebraços, recebendo Toi-Zamadone, o dono do lugar.

Por vezes, no seu passo firme pela calçada deserta, deixava de ouvir o tantantã dos tambores, calados de repente no silêncio da noite, com o vento que amainava ou mudava de direção. Daí a pouco Damião tornava a ouvi-los, trazidos por uma rajada mais fresca, e outra vez a imagem da nochê, cercada pelas noviches vestidas de branco, lhe refluía à consciência, magra, direita, porte de rainha, a cabeça começando a branquear.

Fora ela que viera buscá-lo, à entrada do querebetã. A intenção dele era apenas ouvir um pouco os tambores e olhar as danças, sentado no comprido banco da varanda, de rosto voltado para o terreiro pontilhado de velas. Já o banco estava repleto. Muitas pessoas tinham sentado no chão de terra batida, com as mãos entrelaçadas em redor dos joelhos; outras permaneciam de pé, recostadas contra a parede. Mas a nochê, que o trouxera pela mão, fez sair do banco um dos assistentes, e ele ali se acomodou, em posição realmente privilegiada, podendo ver de perto os tambores tocando e as noviches dançando, por entre o tinir de ferro dos ogãs e o chocalhar das cabaças.

Vez por outra sentia necessidade de ir ali, levado por invencível ansiedade nostálgica, que ele próprio, com toda a agudeza de sua inteligência superior, não saberia definir ou explicar. O certo é que, ouvindo bater os tambores rituais, como que se reintegrava no mundo mágico de sua progênie africana, enquanto se lhe alastrava pela consciência uma sensação nova de paz, que mergulhava na mais profunda essência de seu ser. Dali saía misteriosamente apaziguado, e era mais leve o seu corpo e mais suave o seu dia, qual se voltasse a lhe ser propício o vodum que acompanha na Terra os passos de cada negro.

Embora só houvesse no céu uma fatia de lua nova, por cima da igreja de São Pantaleão, uma tênue claridade violácea descia sobre a cidade adormecida, com a multidão de estrelas que faiscavam na noite de estio. Em cada esquina, a sentinela de um lampião, com seu bico de gás chiante. Todas as casas fechadas. Perto, para os lados da Rua da Inveja, o apressado rolar de um carro, com o ruído do cavalo a galope nas pedras do calçamento. E sempre o baticum dos tambores, ora fugindo, ora voltando, sem perder a cadência frenética, muito mais ligeira que o retinir das ferraduras.
No canto da Rua do Passeio com a Rua do Mocambo, antes de passar para a calçada fronteira, Damião parou um momento, batido em cheio pela claridade do gás.

Resguardado do sereno pelo chapéu de feltro inglês, presente do Governador Luís Domingues no último Natal, parecia mais comprido, a espinha dorsal direita, o corpo seco e rijo, os ombros altos. Aos oitenta anos, dava a impressão de ter sessenta, ou talvez menos, com muita luz nos olhos, o passo seguro, a cabeça levantada. Até o começo do século, não dispensava a bengala de castão de prata com que entrou pela primeira vez no sobrado do Foro, sobraçando a sua pasta de solicitador, para defender outro negro. Agora, trajava com simplicidade, muito limpo, a barba escanhoada, o paletó abotoado acima do peito, um alfinete de ouro junto ao laço da gravata.

– Faça favor…

Damião assustou-se com a voz rouca que lhe vinha por trás do ombro direito, do lado da Rua do Mocambo. Não tinha sentido rumor de passos. E deu de frente com o Sátiro Cardoso, pequenino, enxuto, metido na sua sovada casaca de mágico, o colarinho alto, o rosto encovado, bigode, nos negros olhos uma faísca de loucura, e que logo lhe disse, com um pedaço de papel impresso na ponta dos dedos:

– É o convite para o meu próximo espetáculo.

– Outra vez A queda da Bandeira?

– É. O pessoal pede sempre. E o público é quem manda.

Damião quis ainda saber por que o velho mágico preferia aquela hora da noite, com as casas fechadas, para distribuir os seus convites.

– De dia – redargüiu ele, dando-lhe outro convite – os moleques vêm atrás de mim, me chamando de Troíra. Chegam a atiçar cachorros para me morder. De noite é mais calmo: os moleques estão dormindo.

E lá se foi, Rua do Mocambo abaixo, a enfiar o papelucho por baixo das portas, sem ruído, apenas roçando o chão da calçada com seu passo macio.

Já fazia alguns anos que Damião vira aparecer na cidade aquela figura caricata, debaixo de uma cartola preta, casaca, sapatos cambados, a andar acima e abaixo, com uma pasta de couro, também preta, e apresentando-se no Largo do Carmo, no Palácio do Governo, na redação dos jornais, no Liceu, no Paço Episcopal, e também à porta das igrejas, nas missas dominicais e nos casamentos, como – o Ilusor Maranhense. Dias depois, apenas por curiosidade, tinha ido assistir, no Teatro São Luís, ao seu primeiro espetáculo, que daí em diante se repetia todos os anos: a caprichada mágica intitulada A queda da Bandeira. Sátiro subia uma escada, até o último degrau, bem no centro do palco, e dali, com uma bandeira desfraldada, recitava comprido bestialógico, cheio de palavras abstrusas, numa suposta língua de sua invenção, o gramazino, da qual proporcionava antes um pano de amostra com esta explicação: “O A do alfabeto gramazino é a mesma coisa que o A do alfabeto em português, com a diferença de que se escreve de cabeça para baixo e tem o som de bé.” Em seguida, enrolava-se na bandeira. Um tiro de pólvora seca estrondava, assustando a platéia. E eis que o mágico se atirava lá do alto, em arremesso, como se fosse voar, e caía pesadamente cá embaixo, nas tábuas do chão.

– Bis, bis – gritavam-lhe da torrinha.

E Sátiro repetiu o monólogo, uma, duas, várias vezes, com o mesmo tiro e a mesma queda, até que Damião, compadecido de sua insânia, começou a reclamar – Chega! Chega! – e o mágico afinal se retirou, manquejando, uma das mãos no quadril machucado, enquanto o pano do teatro vinha descendo, debaixo de gritos e assobios.

Antes que ele desaparecesse, sempre a enfiar o impresso por baixo das portas, Damião mudou de calçada, ainda ouvindo o baticum dos tambores. Para trás, em linha reta, ficava o Cemitério do Gavião, com o Padre Policarpo, a Genoveva Pia, a Aparecida, o Dr. Celso de Magalhães, a Dona Bembém, a Dona Páscoa, a Dona Calu, o amigo Barão, cada qual no seu jazigo ou na sua cova rasa, na santa paz do Senhor. À frente, era o Largo do Quartel; em seguida, torcendo para a direita, a Rua das Hortas, o Largo da Cadeia, a Praia do Jenipapeiro e por fim a Gamboa, com a casa de sua bisneta, num cômoro verde que escorregava para o mar.

O próprio Tião, no mesmo carro em que fora buscar a parteira, viera dar-lhe a notícia de que, antes do anoitecer, a Biá começara a sentir fisgadas fortes, no alvoroço de dar à luz do primeiro filho.

– Deixei sua bisneta gemendo. A casa já está cheia de parentes. É bom que o senhor também esteja lá, para receber o seu trineto.

– Sim, irei – concordara. – Mas não já. O primeiro parto dá muito rebate falso. Isso é coisa para o meio da noite.

E antes do Tião sair:

– Eu sou do tempo em que os mais moços esperavam pelos mais velhos.

– Hoje, tá tudo mudando – emendou o Tião.

E como o tinham deixado só, no rebuliço do primeiro trineto da família, apenas com a criada que lhe servira apressadamente o jantar (e também se fora para a casa da Biá). Damião se vestiu devagar, sabendo que não adiantava ter pressa, e ainda passou por um cochilo, na cadeira de balanço da varanda, antes de deixar a casa entregue ao Veludo, que andava na fase de latir e correr, próprio do cio insatisfeito.
Levara bom tempo na esquina da Rua das Cajazeiras, a ver se aparecia um carro que o transportasse à Gamboa. Terminara reconhecendo que, se dependesse mesmo de um carro, só iria conhecer o trineto depois de grande. O jeito era ir a pé, aproveitando a fresca da noite.

Ao entrar na Rua de São Pantaleão, já distante do Cemitério dos Ingleses, experimentou de repente uma sensação de frio, que lhe desceu da cabeça aos pés, como se um sopro gelado o tivesse apanhado por trás, em toda a extensão do corpo. Respirou fundo, e prosseguiu no seu caminho, sem aumentar nem diminuir o passo, ao mesmo tempo que procurava convencer-se de que a rajada viera da Rua da Cotovia. Parou adiante, apalpando os bolsos da calça, à procura do maço de cigarros. Tinha trazido os cigarros, mas esquecera a caixa de fósforos.

– Velho é assim mesmo: quando se lembra de uma coisa, esquece outra. Paciência.

Senhor de si, voltou a caminhar, procurando espairecer os olhos no ermo da rua longa. De novo o vento soprou, agora mais forte, como se o tempo fosse mudar. O céu limpo tranqüilizou Damião. Uma janela bateu; por cima de um muro, estalou um galho de árvore, que resvalou para a calçada; adiante, uma vidraça partiu, no bater violento de outra janela; uma lata vazia rolou pelo meio-fio.

Antes de alcançar o fim do quarteirão, ele teve a impressão de que algo estranho, que se associava à sua pessoa, estaria ocorrendo naquele momento. Tentou sacudir de si a impressão aborrecida, e esta retornou, insidiosa, opressiva, com a teimosia de um mau presságio. Pensou na Biá. Não, não seria nada com ela: o médico tinha-a visto pela manhã, e assegurara que seu parto seria normal. Tudo bem, e a criança no seu lugar; era só esperar agora pela reação da natureza, sob a vigilância experiente da Comadre Ludovina.

– E a Comadre Ludovina já está lá.

Foi então que escutou o romper dos tambores, ali perto, na Casa-Grande das Minas. Quase no mesmo instante tiniram os ogãs e sacudiram as cabaças, mas não suplantaram os tambores, que iam acelerando o tantantã nervoso que obriga as noviches a girarem sobre si mesmas. Dir-se-ia que uma batida queria alcançar a seguinte, sem que um tamboreiro destoasse dos outros na vertigem do compasso. E só esse baticum frenético se impunha agora, apagando o som dos outros instrumentos, e também só ele o vento levava, rua abaixo e rua acima, dispersando-o na grande noite de agosto que se fechava sobre a cidade.

Depois de passar para o outro lado da rua, Damião deu consigo na calçada do querebetã, e ali retardou a caminhada, querendo entrar. Era uma casa baixa, de beiral saliente, caiada de novo, na esquina do Beco das Crioulas, com janelas de rótulas e porta de duas folhas, sobre a Rua de São Pantaleão. Só uma banda da porta estava aberta. Parado na soleira, ele olhou para dentro e viu o corredor e a varanda já repletos, com as noviches dançando em volta da nochê Andreza Maria. E ia dar o primeiro passo no corredor, quando a nochê subiu o xale para os ombros, compelindo os tamboreiros a uma pausa brusca, logo interrompida por um bater mais forte, em outro ritmo, e veio caminhando para a porta, no espaço que se ia abrindo para lhe dar passagem. Damião tinha dado outro passo, e ali esperou que ela o levasse.

Quando saiu, ele não saberia dizer ao certo quanto tempo ali permanecera. Vinte minutos? Meia hora? Ou mais ainda? Mais ainda, certamente. O importante é que, depois de ouvir os tamboreiros e assistir às danças rituais, se sentia preparado para ir ao encontro de seu trineto. Sentado no banco, a olhar as noviches dançando rodeadas de velas, era outra vez o negro puro, filho de sua raça, em contato com as remotas raízes africanas. E assim entrou na Rua do Passeio, descendo pelo Beco das Crioulas, sempre acompanhado pelo tantantã dos tambores.

A Rua do Passeio, longa, retilínea, parecia não ter fim. Casas de azulejos de um lado e de outro, com grades de ferro rendilhadas, vidros coloridos no leque das janelas, um ou outro portal de pedra. Sem relógio para ver as horas (o seu andava na loja do Maneco Ourives, para limpeza geral da máquina, já fazia uma semana), era debalde que Damião consultava de vez em quando a posição da lua, que ora se escondia por trás dos mirantes mais altos, ora repontava adiante, curva e pontuda como um chavelho de bumba-meu-boi entrando no terreiro.

No canto da Rua de Santana, o bico de gás do lampião estava prestes a apagar, reduzido a uma chamazinha débil, que se encolhia no bocal empoeirado, com medo da noite, a escuridão a se fechar à sua volta. E outra vez Damião se assustou, agora com a zoada de uma lata de lixo, que ia sendo arrastada nas pedras do chão. Era um cão magro, só pele e osso, com uma pata traseira pendurada, que arrastava com o focinho, enquanto o lixo se esparramava na calçada escura. Ao pressentir os passos de Damião, já bem perto, o cão assustou-se também retirou depressa a cabeça de dentro da lata, e correu para o outro lado da rua, capengando, com um osso na boca.

Um pouco além, Damião ouve o som de um piano mal tocado, para os lados da Rua do Oiteiro. E enquanto apura a orelha, tentando identificar os compassos da valsa, uma carruagem dispara pela Rua do Passeio, à altura do Hospital Português, e é tão próximo o tropel dos cavalos e o estrondo das rodas, que ele fica esperando que ela passe ao seu lado, seguindo a toda brida na direção do Largo do Quartel. Como demore passar, ele se volta para trás, e não vê: na rua deserta, só o cão rói o seu osso, à luz de outro lampião. A carruagem dobrou a Rua do Mocambo, e seu rumor se afasta no sentido da Praça da Alegria, ao mesmo tempo que o piano se cala, e volta a ressoar, um pouco mais distante, o baticum dos tambores, na Casa-Grande das Minas.

Damião se lembrou que Donana Jansen saía de seu túmulo, nas noites de sexta-feira, e dava uma volta comprida pela cidade, numa carruagem puxada por duas parelhas de cavalos sem cabeça, com um esqueleto na boléia brandindo o chicote. Só se ouvia o ruído das rodas e das ferraduras, despencando ladeia abaixo.

– Bobagem – reagiu Damião. – História inventada pelos inimigos políticos da velha. Quem morreu quer sossego.

E apalpando novamente o bolso da calça, tirou fora um cigarro, que deixou no canto da boca. Mais além, talvez ainda estivesse aberto o botequim da esquina da Rua Grande. Como fora esquecer de trazer a caixa de fósforos? Logo ele que, depois de velho, não dispensava os cigarrinhos da noite, para esperar o sono…

E nisto se viu saindo do quarto da Maria Quitéria, nos baixos de um sobradinho da Rua da Estrela, já querendo amanhecer. Na subida da Rua de Nazaré, estranhou uma zoada ressoante de louça quebrada, a poucos passos, adiante da escadaria da Rua do Giz. Retardou o andar, intrigado. Era uma louça atrás da outra, e muitas a um só tempo, debaixo das mesmas pancadas firmes, que faziam voar para todos os lados os cacos partidos.

Do patamar da escadaria, estendeu o olhar para baixo.

Ao pé do último socalco, à porta do sobrado do Comendador Antônio Meireles, na claridade do dia que ia rompendo, um bando de negros em ação, cada qual com seu porrete de pau-roxo, quebrava depressa pilhas e pilhas de vasos de louça empilhados na calçada.

Damião desceu os socalcos quase a correr, e antes de chegar cá embaixo começou a rir, adivinhando o que se passava.

Dias e dias, já fazia alguns meses, era o assunto de São Luís inteira, nas rodas do Largo do Carmo, nas conversas do Passeio Público, no cochicho das sacristias. Inimigo de Donana Jansen, com quem vivia às turras, o Comendador Meireles tinha mandado preparar na Inglaterra, para vendê-los quase de graça, um milheiro de belos penicos de louça, com cara da velha no fundo do vaso. Donana Jansen soube do fato e suportou com paciência o riso da cidade. Não reagiu logo: deu tempo ao tempo, enquanto ia mandando comprar, aos dois, aos três, às dezenas, na loja do Comendador, os penicos com seu retrato, até ter a certeza de que, agora, sim, só ela os possuía.

Apenas por perguntar, mal contendo o frouxo de riso, Damião perguntou a um dos negros:

– De quem vocês são escravos?

– De Donana Jansen.

Eram mais de trinta negros, todos fortes, espadaúdos, e iam quebrando os urinóis com uma fúria divertida, repetindo as cacetadas rijas, que desfaziam a louça apenas com uma pancada. A vizinhança ia despertando com a zoadaria estranha. Caras estremunhadas entreabriam as rótulas, nas janelas dos sobrados, e já algumas pessoas se debruçavam das sacadas, enquanto outras, na rua, em chinelos, no chambre de dormir, riam alto, vendo as matanças dos penicos. Um cheiro insuportável de mijo podre desprendia-se de um vaso à parte, por sinal que maior que os outros, quase o triplo, e coberto com uma tampa também de louça.

– E esse aí? – quis saber Damião.

– Minha sinhá deu ordem pra despejar o mijo dele na cabeça do Comendador, se ele aparecer pra tomar satisfação.

E sem interromper as pancadas seguras, o negro abriu para Damião a dentadura farta, que lhe encheu a boca feliz, rematando com este comentário, entre um penico e outro:

– Donana Jansen não é gente. Tou cansado de dizer. Quem se mete com ela tem sarna muita pra se coçar. Ora se tem!

Ainda com o cigarro apagado no canto da boca, Damião aproximou-se da Rua Grande, pensando onde ia encontrar, ali perto, uma caixa de fósforos para comprar. E não tinha chegado à esquina, defronte de um casarão de altas janelas ogivas, quando viu entreaberta a porta do botequim.

Sempre o ruído dos tambores seguindo-lhe os passos, com a lua nova a se esconder e a brilhar, na faiscação do céu estrelado. E agora o assobio do vento, que disparava na rua deserta, varrendo as calçadas, para se desfazer no giro doido de um remoinho.

Dentro do botequim, a única luz era a chama de um candeeiro a óleo, suspenso da parede esfumaçada por um suporte de metal. Essa luz mortiça, por trás do bocal enegrecido, caía por cima do balcão, mal dando para clarear uma parte da saleta pontilhada de mesas vazias. Dentro do balcão, ninguém.

Damião subiu o degrau da porta, avançou uns passos, bateu palmas. Enquanto esperava que o atendessem, olhou em volta, aproximando-se do balcão. E foi aí que viu por terra, entre as duas primeiras mesas à sua direita, o vulto de um negro magro, comprido, bem trajado, caído de bruços numa poça de sangue, com uma facada nas costas, à altura do coração. Parado, ficou um momento a fitá-lo, de olhos crescidos. Não lhe podia ver o rosto, só a nuca e uma parte do pescoço. Pela roupa, era gente de fora. Empurrou-o de leve, para ver se lhe restava um alento de vida, mas o corpo permaneceu imóvel, com o busto achatando o braço direito, na posição em que tinha caído.

Na claridade que ia esmorecendo, Damião olhou em volta, de sobrancelhas travadas. Numa das mesas, mais para o fundo da saleta, acumulavam-se garrafas de bebida, quase todas tombadas sobre o tampo de mármore, juntamente com um copo quebrado e um cinzeiro atulhado de cinza e pontas de cigarro. Cacos de vidro rangeram debaixo da sola de suas botinas, assim que deu outro passo, na direção do candeeiro. E ali, com uma suspeita, espiou para dentro do balcão. Outro morto jazia no ladrilho do piso, com a cabeça fendida por uma paulada. Estava de frente, com o busto maio apoiado no ângulo entre o balcão e a prateleira. E a luz que descia sobre ele, muito tênue, levemente avermelhada, permitiu que Damião prontamente identificasse, pelo rosto coberto de sangue pisado, o senhor gordo, de bigode em ponta, que, dias antes, ali mesmo, lhe tinha vendido um maço de cigarros.

____

Fonte: Montello, Josué. Os tambores de São Luís: romance. 5ª ed. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1985. Cap. 1. p. 11-20.





Bio fornecida pelo palestrante.