A morte e a morte de Quincas




Autor: Jorge Amado
Título: A morte e a morte de Quincas, La muerte y la muerte de Quincas Berros Dagua
Idiomas: port, esp
Tradutor: Basilio Losada(esp)
Data: 28/12/2004

LA MUERTE Y LA MUERTE DE
QUINCAS BERRO DAGUA

De: LOS VIEJOS MARINEROS


Jorge Amado

“ Qué cada cual cuide de su entierro;
el imposible no existe.”
(Última frase de Quincas Berro Dagua,
según Quiteria, que estaba a su lado).

I

Hasta hoy sigue habiendo cierta confusión en torno de la muerte de Quincas Berro Dagua. Dudas por explicar, detalles absurdos, contradicciones en la declaración de los testigos, lagunas diversas. No hay claridad sobre la hora, lugar y frase última. La familia, apoyada por vecinos y conocidos, se mantiene intransigente en la versión de la tranquila muerte matinal, sin testigos, sin aparato, sin frase, muerte acontecida casi veinte horas antes de aquella otra, tan propalada y comentada, en la agonía de la noche, cuando la luna se deshizo sobre el mar y ocurrieron misterios en la orla del muelle de Bahía. Muerte presenciada, sin embargo, por testigos idóneos largamente comentada en las laderas y barrancas oscuras, repetida la frase final de boca; muerte que representó, en opinión de aquella gente, más que una simple despedida del mundo, un testimonio profético, mensaje de profundo contenido (como escribiría un joven autor de nuestro tiempo).
Tantos testigos idóneos, entre ellos Mestre Manuel y Quiteria do Olho Arregalado, mujer de palabra, y, a pesar de todo, hay quien nega toda autenticidad no sólo a la admirada frase sino a todos los acontecimientos de aquella noche memorable, cuando, en hora dudosa y en condiciones discutibles, Quincas Berro Dagua se hundió en el mar de Bahía y emprendió su viaje, para nunca más volver. Así es el mundo, poblado de escépticos y negativistas, amarrados,como bueyes en yugo, al orden y a la ley, a los procedimientos habituales, al papel sellado. Exhiben ellos, victoriosamente, el certificado de defunción firmado por el médico casi mediodía, y con este simple papel– sólo porque tiene letra impresa y sellos– intentan apagar horas intensamente vivida por Quincas Berro Dagua hasta su partida por libre y espontánea voluntad, como declaró en tono bueno y alto, a los amigos y demás personas presentes.
La familia del muerto– su respetable hija y su circunspecto yerno, funcionario público de prometedora carrera; tía Marocas y su hermano menor, comerciante con modesto crédito en un banco–, afirma que toda la historia no pasa de ser una enorme patraña, invención de borrachos inveterados, sin vergüenzas al margen de la ley y de la sociedad, de bellacos cuyo paisaje debieran ser las rejas de la carcél y no la libertad de las calles, el puerto de Bahía, las playas de arena blanca, la noche inmensa. Con flagrante injusticia atribuyen a esos amigos de Quincas toda la responsabilidad de la mallada existencia por él vivida en sus últimos años, cuando se convirtió en la tristeza y la vergüenza de la familia, hasta el punto de que no era pronunciado su nombre, y hechos no eran comentados en la presencia inocente de los niños, para quienes el abuelo Joaquim, de añorado recuerdo, había muerto muchos años, decentemente, rodeado de la estima y del respeto de todos.
Esto nos lleva a comprobar que hubo una primera muerte, sino física al menos moral, fechada años antes, sumando un total de tres, haciendo de Quincas un recordman de la muerte, un campeón de fallecimientos, y dándonos derecho a pensar si habrán sido los acontecimientos posteriores– a partir del significado de defunción y hasta su hundimiento en el mar–, una farsa montada por él con la intención una vez más de mortificar a los parientes, de amargales la existencia, exponiéndolos a la vergüenza y a las murmuraciones de la calle. No era él en verdad hombre de respeto y conveniencias, a pesar del respeto dedicado por sus compinches de juego a jugador de tan envidiada suerte, a bebedor de tan largos y conservados aguardientes.
No sé si ese misterio de la muerte (o de las sucesivas muertes) de Quincas Berro Dagua, podrá ser completamente decifrado. Pero lo intentaré, como él mismo aconsejaba, pues lo importante es intenta aún lo imposible.

II

Los sin vergüenzas que contaban, por las calles y laderas, frente al Mercado y en la “Feria de Agua dos Meninos”, los momentos finales de Quincas (hasta se compuso un folleto con versos de pie quebrado, obra del repentista Cuica de Santo Amero, vendido largamente), andaban maltratando la memoria del muerto, según la familia. Y la memoria de un muerto es, como se sabe, cosa sagrada, no para andar en boca poco limpia de boedos, jugadores y contrabandistas de marihuana, ni para servir de rima pobre a cantores populares a la entrada del Elevado Lacerda, por donde pasa tanta gente bien, incluso colegas de Leonardo Barreto, el humillado yerno de Quincas. Cuando un hombre muere, se reintegra su respetabilidad más auténtica aunque se haya pasado la vida haciendo locuras. La muerte apaga, con manos de ausencia, las manchas del pasado, y la memoria del muerto fulge como un diamante. Ésa era la tesirde la familia, aplaudida por vecinos y amigos. Según ellos, Quincas Berro Dagua, al morir, volvía a ser aquel antiguo y respetable Joaquim Soares da Cunha, de buena familia, ejemplar funcionario de la Dirección General de Rentas del Estado, hombre de paso medido, bien afeitado, chaqueta de alpaca negra, cartera bajo el brazo, oído con respeto por los vecinos, opinado sobre el tiempo y la política, jamás visto en un cafetín, hombre de aguardientes comedidos y caseros. En realidad, en esfuerzo digno de aplauso, la familia había conseguido que brillara así sin mancha la memoria de Quincas, decretándolo muerto, desde hacía algunos años, para la sociedad. De él hablaban en pasado, cuando, obligados por las circunstancias, a él se referían. Desgraciadamente, sin embargo, a veces algún vecino, un colega cualquiera de Leonardo o amiga charlatana de Vanda (la hija avergonzada), tropezaba con Quincas o sabía de él por medios terceros. Era como si un muerto alzara en su tumba para manchar su propia memoria: tendido, borracho, al sol, ya avanzada la mañana, en la inmediaciones de la rampa del Mercado, o, sucio y andrajoso, inclinado sobre una baraja grasienta en el atrio de la Iglesia del Pilar, o cantando con voz ronca por la Ladeira de São Miguel, abrazado a negras y mulatas de mala vida. ¡Un horror!

_____________________

Fonte: AMADO, Jorge. Los viejos marineros. Traducción de Basilio Losada. Barcelona: Caralt, 1978.

A MORTE E A MORTE DE
QUINCAS BERRO D’ÁGUA


De: OS VELHOS MARINHEIROS


Jorge Amado

 
“Cada qual cuide de seu enterro, impossível não há”.
(Frase derradeira de Quincas Berro D’água
segundo Quitéria que estava ao seu lado).

I

Até hoje permanece certa confusão em torno da morte de Quincas Berro D’água. Dúvidas por explicar, detalhes absurdos, contradições no depoimento das testemunhas, lacunas diversas. Não há clareza sobre hora, local e frase derradeira. A família, apoiada por vizinhos e conhecidos, mantém-se intransigente na versão da tranqüila morte matinal, sem testemunhas, sem aparato, sem frase, acontecida quase vinte horas antes daquela outra propalada e comentada morte na agonia da noite, quando a lua se desfez sobre o mar e aconteceram mistérios na orla do cais da Bahia. Presenciada, no entanto, por testemunhas idôneas, largamente falada nas ladeiras e em becos escusos, a frase final repetida de boca em boca, representou, na opinião daquela gente, mais que uma simples despedida do mundo, um testemunho profético, mensagem de profundo conteúdo (como escreveria um jovem autor de nosso tempo).
Tantas testemunhas idôneas, entre as quais Mestre Manuel e Quitéria do Olho Arregalado, mulher de uma só palavra, e, apesar disso, há quem negue toda e qualquer autenticidade não só à admirada frase, mas a todos os acontecimentos daquela noite memorável, quando, em hora duvidosa e em condições discutíveis, Quincas Berro D’água mergulhou no mar da Bahia e viajou para sempre, para nunca mais voltar. Assim é o mundo, povoado de céticos e negativistas, amarrados, como bois na canga, à ordem e à lei, aos procedimentos habituais ao papel selado. Exibem, eles, vitoriosamente, o atestado de óbito assinado pelo médico quase meio-dia e com esse simples papel – só porque contém letras impressas e estampilhas – tentam apagar as horas intensamente vividas por Quincas Berro D’água até sua partida, por livre e espontânea vontade, como declarou, em alto e bom som, aos amigos e outras pessoas presentes.
A família do morto– sua respeitável filha e seu formalizado genro, funcionário público de promissora carreira; tia Marocas e seu irmão mais moço, comerciante com modesto crédito num banco – afirma não passar toda a historia de grossa intrujice, invenção de bêbados inveterados, patifes à margem da lei e da sociedade, velhacos cuja paisagem devera ser as grades da cadeia e não a liberdade das ruas, o porto da Bahia, as praias de areia branca, a noite imensa. Cometendo uma injustiça, atribuem a esses amigos de Quincas toda a responsabilidade da malfadada existência por ele vivida nos últimos anos, quando se tornara desgosto e vergonha para a família. A ponto de seu nome não ser pronunciado e seus feitos não serem comentados na presença inocente das crianças, para as quais o avô Joaquim, de saudosa memória, morrera há muito, decentemente, cercado da estima e do respeito de todos. O que nos leva a constatar ter havido uma primeira morte, senão física, pelo menos moral, datada de anos antes, somando um total de três, fazendo de Quincas um recordista da morte, um campeão do falecimento, dando-nos o direito de pensar terem sido os acontecimentos posteriores – a partir do atestado de óbito até seu mergulho no mar– uma farsa montada por ele com o intuito de mais uma vez atazanar a vida dos parentes, desgostar-lhes a existência, mergulhando-os na vergonha e nas murmurações da rua. Não era ele homem de respeito e de conveniência, apesar do respeito dedicado por seus parceiros de joga ao jogador de tão invejada sorte, a bebedor de cachaça tão longa e conservada.
Não sei se esse mistério da morte (ou das sucessivas mortes) de Quincas Berro D’água pode ser completamente decifrado. Mas eu o tentarei, como ele próprio aconselhava, pois o importante é tentar, mesmo o impossível.

II

Os patifes que contavam, pelas ruas e ladeiras, em frente ao Mercado e na Feira de água dos Meninos, os momentos finais e Quincas (até um folheto com versos de pé quebrado foi composto pelo repentista Cuíca de Santo Amaro e vendido largamente), desrespeitavam assim a memória do morto, segundo a família. E memória de morto, como se sabe, é coisa sagrada, não é para estar na boca pouco limpa de cachaceiros, jogadores e contrabandistas de maconha. Nem para servir de rima pobre a cantores populares na entrada do Elevador Lacerda, por onde passa tanta gente de bem, inclusive colegas de repartição de Leonardo Barreto, humilhado genro de Quincas. Quando um homem morre, ele se reintegra a sua respeitabilidade a mais autêntica, mesmo tendo cometido loucuras em sua vida. A morte apaga, com sua mão de ausência, as manchas do passado e a memória do morto fulge como diamante. Essa, a tese da família, aplaudida por amigos e vizinhos. Segundo eles, Quincas Berro D’água ao morrer, voltara a ser aquele antigo e respeitável Joaquim Soares da Cunha, de boa família, exemplar funcionário da Mesa de Rendas Estadual, de passo medido, de barba escanhoada, paletó negro de alpaca, pasta sobre o braço, ouvido com respeito pelos vizinhos, opinando sobre o tempo e a política, jamais visto num botequim, de cachaça caseira e comedida. Em realidade, num esforço digno de todos os aplausos, a família conseguira que assim brilhasse, sem jaça, a memória de Quincas desde alguns anos, ao decreta-lo morto para a sociedade. Dele falavam no passado se, obrigados pelas circunstancias, a ele se referiam. Infelizmente, porém, de quando em vez algum vizinho, um colega qualquer de Leonardo, amiga faladeira de Vanda (a filha envergonhada), encontrava Quincas, ou dele sabia por intermédio de terceiros. Era como se um morto se levantasse do túmulo para macular a própria memória: estendido bêbado, ao sol, em plena manhã alta, nas imediações da rampa do Mercado ou sujo e maltrapilho, curvado sobre cartas sebentas no átrio da Igreja do Pilar ou ainda cantando com voz rouquenha na Ladeira de São Miguel, abraçados a negras e a mulatas de má vida. Um horror!
Quando finalmente, naquela manhã, um santeiro estabelecido na Ladeira do Tabuão chegou aflito à pequena, porém bem arrumada casa da família Barreto e comunicou à filha Vanda e ao genro Leonardo estar Quincas definitivamente espichado, morto em sua pocilga miserável, foi um suspiro de alívio que se elevou uníssono dos peitos dos esposos.

___________________________
Fonte: AMADO, Jorge. Os velhos marinheiros. São Paulo: Livraria Martins, 1988. p. 6-9.





Bio fornecida pelo palestrante.

Cacau




Autor: Jorge Amado
Título: Cacau, Cacao
Idiomas: port, ita
Tradutor: Paolo Collo e Daniela Ferioli(ita)
Data: 28/12/2004

CACAU

Infância


Jorge Amado

Pouco me recordo de meu pai. Ficamos muito crianças eu e minha irmã, ela com três, eu com cinco anos, quando ele morreu. Lembro-me apenas que minha mãe soluçava, os cabelos caídos sobre o rosto pálido, e que meu tio, vestido de preto, abraçava os presentes com uma cara hipócrita de tristeza. Chovia muito. E os homens que seguravam o caixão andavam depressa, sem atender aos soluços de mamãe, que não queria deixar que levassem o seu marido.
Papai, quando vinha da fábrica, me fazia sentar sobre os seus joelhos e me ensinava o abc com a sua bela voz. Era delicado e incapaz, como diziam, de fazer mal a uma formiga. Brincava com mamãe como se ainda fossem namorados. Mamãe, muito alta e muito pálida, as mãos muito finas e muito longas, era de uma beleza esquisita, quase uma figura de romance. Nervosa, às vezes chorava sem motivo. Meu pai tomava-a então nos seus braços fortes e cantava trechos de músicas que faziam com que ela sorrisse. Nunca ralhavam conosco.
Depois que ele morreu, mamãe passou um ano meio alucinada, jogada para um canto, sem ligar aos filhos, sem ligar às roupas, fumando e chorando. Tinha ataques por vezes horríveis. E enchia de gritos dolorosos as noites calmas do meu Sergipe.
Quando após esse ano ela voltou ao estado normal e quis acertar os negócios de papai, meu tio provou, com uma papelada imensa, que a fábrica era dele só, pois meu pai – afirmava com o rosto vermelho e as mãos levantadas num gesto de escândalo – meu pai, meio louco e meio artista, deixara unicamente dívidas que meu tio pagaria para não se desmoralizar o nome da família.
Mamãe silenciou, coitada, e nos apertou nos seus braços, pois nós tremíamos toda a vez que meu tio aparecia com a sua cara vermelha, a sua barriga cultivada, a sua roupa de brim e aqueles seus olhos pequenos e perversos.
Vivia passando as mãos pela barriga. O meu tio… Mais velho que meu pai dez anos, cedo se tocara para o Rio de Janeiro, onde levou muito tempo sem dar notícias e sem que se soubesse o que fazia. Quando os negócios de meu pai estavam prósperos, ele escreveu a queixar-se da vida, dizendo que queria voltar. E veio, logo após a carta. Papai deu-lhe sociedade na fábrica.
Veio com a esposa, tia Santa, santa de verdade, pobre mártir daquele homem estúpido.
Papai vivia inteiramente para nós e para o seu velho piano. Na fábrica conversava com os operários, ouvia as suas queixas, e sanava os seus males quanto possível. A verdade é que iam vivendo em boa harmonia ele e os operários, a fábrica em relativa prosperidade. Nunca chegamos a ser muito ricos, pois meu pai, homem avesso a negócios, deixava escapar os melhores que apareciam. Fora educado na Europa e tivera hábitos de nômade. Esquadrinhara parte do mundo e amava os objetos velhos e artísticos, as coisas frágeis e as pessoas débeis, tudo que dava idéia ou de convalescença ou de fim próximo. Daí talvez a sua paixão por mamãe. Com a sua magreza pálida de macerada, ela parecia uma eterna convalescente. Papai beijava as suas mãos finas devagar, muito de leve, com medo talvez que aquelas mãos se partissem. E ficavam horas perdidas em longo silêncio de namorados que se compreendem e se bastam. Não me recordo de tê-los ouvido fazer projetos.
Nós, eu e minha irmã, éramos como que bonecos para papai e mamãe.
Quando meu tio chegou, mudou tudo. Ele não fora à Europa e se parecia muito com vovó, que fizera, dos dezoito anos de vida em comum com meu avô, uma dessas tantas tragédias anônimas e horríveis que nascem do casamento da estupidez com a sensibilidade. Dava nos filhos dos operários, o que não admirava, porque, como murmuravam pela cidade, ele espancava a esposa.
Pobre tia Santa! Tão boa, amava tanto as crianças e rezava tanto que tinha calos nos dedos, provocados pelas contas do rosário. Morreu e a doença foi o marido. Meu tio deflorara uma operária e fora viver com ela publicamente. Santa não resistiu ao desgosto e morreu com o rosário entre as mãos, pedindo a papai que não abandonasse o miserável.
A fábrica prosperou muito. Nunca consegui compreender por que o salário dos operários diminuiu. Papai, fraco por natureza, não tinha coragem de afastar titio da fábrica, e um dia, quando tocava ao piano um dos seus trechos prediletos, teve uma síncope e morreu.
A cidade subia pelas ladeiras e parava lá em cima, bem junto ao imenso convento. Olhando do alto, via-se a fábrica, ao pé do monte pelo qual se enroscava a cidade como uma cobra de uma só cabeça e inúmeros corpos. Talvez não fosse bela a velha São Cristóvão, ex-capital do Estado, mas era pitoresca, pejada de casas coloniais, um silêncio de fim de mundo, as igrejas e os conventos a abafarem a alegria das quinhentas operárias que fiavam na fábrica de tecidos.
Acho que meu pai montara a fábrica em São Cristóvão devido à decadência da cidade, à sua paz e ao seu sossego, triste cidade parada que devia apaixonar os seus olhos e o seu espírito cansado de paisagens e de aventuras.
Nós morávamos então num enorme e secular sobrado, ex-morada particular dos governadores, uma pesadíssima porta de entrada, as janelas irregulares, todo pintado de vermelho, grandes quartos, nos quais eu e Elza nos perdíamos durante o dia brincando de picula. À noite, por brinquedo algum entraríamos num deles, pois temíamos as almas vagabundas do outro mundo, almas penadas que assoviavam e arrastavam correntes, segundo a veracíssima versão de Virgulina, preta centenária que criara mamãe e nos criava agora.
Ao lado da nossa casa ficava o ex-palácio do governo, quase a cair, transformado em quartel onde alguns soldados habitavam, sujos e preguiçosos. Em frente, o orfanato, seis freiras e oitenta meninas, filhas de operárias e pais ignorados. Essas meninas não saíam. Algumas, quando crescidas, voltavam à fábrica onde haviam nascido, e de onde mandariam novas meninas, sem sobrenome, para o orfanato. Outras, as mais alvas, iam ser freiras e se estendiam pelo país. Mais adiante, o convento de São Francisco, tão grande, tão silencioso, que eu nunca consegui vê-lo sem um certo receio. Habitavam-no apenas quatro frades, mas esses quatro frades dominavam a cidade. Faziam sermões, onde fantasiavam das cores mais negras o inferno. E essas coisas ditas naquela língua meio alemã, meio brasileira, pareciam mais horríveis ainda. Nós, os garotos, temíamos o inferno e temíamos ainda mais os frades.
Sinval, meu futuro companheiro de vagabundagem, me contava que eles obrigavam os operários a trabalhar de graça na remodelação da catedral (onde havia um gigantesco São Cristóvão, apoiado num coqueiro, carregando um minúsculo Menino Jesus, tudo isso bordado de ouro) e aqueles que não se sujeitavam eram denunciados a meu tio, convidado freqüente do jantar dos padres, que os despedia.
As casas, todas antiquadas e atijoladas, estendiam-se pela praça do convento e equilibravam-se pelas ladeiras.
À noite, botavam cadeiras no passeio e as velhas contavam histórias engraçadas do tempo do meu avô. Os garotos ficavam correndo em volta do cruzeiro, negro do tempo.
As raras moças ricas iam para o colégio das freiras em Aracaju, e quando voltavam professoras tinham sempre um noivo bacharel, muita malícia e assassinavam, no dizer de meu pai, músicas modernas ao piano.
Isso pelas ladeiras e pela praça era gente fina, a elite, a aristocracia. Lá embaixo ficava a fábrica, a vila operária, a plebe.

A fábrica era um caixão branco cheio de ruídos e de vida. Setecentos operários, dos quais quinhentas e tantas mulheres. Os homens emigravam, dizendo que trabalhar em fiação é só pra mulher. Os mais fracos não iam e casavam e tinham legiões de filhas, que substituíam as avós e as mães quando já incapazes abandonavam o serviço.
O nascimento de uma filha, recebiam-no com alegria. Mais duas mãos para o trabalho. Um filho, ao contrário, consideravam um desastre. O filho comia, crescia e ia embora ou para os cafezais de S. Paulo ou para os cacauais de Ilhéus, numa ingratidão incompreensível. Saindo da fábrica atravessava-se uma pinguela sobre um ribeiro e chegava-se à vila Cu com Bunda, moradia de quase todos os operários. Um grande retângulo, no qual os fundos das casas se encontravam. Daí o nome pitoresco que lhe haviam posto. No meio dessas casinhas avultavam a enfermaria e o gabinete dentário. O dentista vinha de Aracaju duas vezes por semana. Sinval dizia:
–Operário só pode ter dor de dentes terças e sextas…
O enfermeiro residia em São Cristóvão, porém, cabo eleitoral do meu tio, perdia muito tempo nisso.
A vila Cu com Bunda, a plebe, alegrava-se à noite quando as violas diziam cocos e a garrafa de pinga corria de mão em mão. Os operários liam então as cartas dos parentes que estavam em Ilhéus e faziam projetos de uma emigração coletiva.
O cacau exercia sobre eles uma fascinação doentia. Os frades de quando em vez desciam e, procurando não se aproximar dos meninos piolhentos, sorriam para os operários e falavam de um consertozinho na igreja ou no convento…
Quando meu pai morreu e após meu tio declarar a nossa miséria, fomos morar numa casinhola no começo de uma ladeira. Eu fiquei muito mais perto do proletariado da Cu com Bunda do que da aristocracia da decadente São Cristóvão.
Acostumei-me a jogar futebol com os filhos dos operários. A bola, pobre bola rudimentar, fazia-se de bexiga de boi cheia de ar. Tornei-me camarada de um garoto chamado Sinval, rebento único de uma operária cujo marido morrera em São Paulo, metido numas encrencas com a polícia, não sei bem por quê. Sei que os operários falavam dele como de um mártir. E Sinval desancava os patrões o mais que podia. Franzino, os ossos quase a aparecer, possuía no entanto uma voz firme e um olhar agressivo. Chefiava a gente nos furtos às mangas e cajus dos sítios vizinhos. E toda vez que meu tio passava cuspia de lado. Dizia que apenas completasse dezesseis anos embarcaria para São Paulo, para lutar como seu pai. Só muito depois é que eu vim compreender o que significava tudo isso.
Freqüentamos, eu e Elza, a escola. Mamãe fazia rendas e seus pais ajudavam o nosso sustento. Quando fiz quinze anos fui trabalhar na fábrica. Eu era então um rapazola forte, troncudo. O menino anêmico que eu fora se transformara em um adolescente de músculos rijos treinados em brigas de moleques.
Aparentava muito mais idade do que tinha realmente. Vivera sempre entre os molecotes pobres da cidade, pobre que eu era como eles. Agora ia ser igual a eles completamente, operário de fábrica. Sinval não me diria mais com seu sorriso mofador:
–Menino rico…
Cinco anos aturei na fábrica a brutalidade do meu tio. Sinval, aos dezessete, vendera o que possuía em roupas e móveis e tocara para as fábricas ou para as fazendas de São Paulo. A primeira e última notícia que tivemos dele foi dois anos depois. Estava metido numa greve e esperava ser preso a qualquer momento. Depois nem uma carta, nem um bilhete, nada. Os operários afirmavam:
–Seguiu o destino do pai – e cerravam os punhos enraivecidos. Mas a fábrica apitava e eles se curvavam, magros e silenciosos.
Minhas mãos estavam então calejadas e meus ombros, largos. Esquecera muito do pouco que aprendera na escola, mas em compensação sentia um certo orgulho da minha situação de operário. Não trocaria meu trabalho na fiação pelo lugar de patrão. Meu tio, o dono, estava bem mais velho e mais vermelho e mais rico. A barriga era o índice da sua prosperidade. À proporção que meu tio enriquecia ela se avolumava. Estava enorme, indecente, monstruosa. Poucas fortunas em Sergipe se igualavam nesse tempo à sua. Dava esmolas unicamente ao convento (onde papava jantares) e ao orfanato. A este ele dava esmolas e órfãs. Não se podia contar pelos dedos, nem juntando os dos pés, o número de operárias desencaminhadas por meu tio.

Paixão que tive aos quatorze anos por uma rameira gasta e sifilítica, com a qual iniciei a minha vida sexual. Amor, aos dezoito, platônico, por uma loura pequena do orfanato que foi ser freira e enfim, aos vinte, o pensamento de me amigar com a Margarida, operária como eu. Isso deu maus resultados. Meu tio andava também de olho na Margarida, que ostentava uns seios altos e alvos, junto a um rosto de criança travessa. Margarida um dia me contou que o patrão andava a apalpá-la. E ria, cínica. Eu acho que foi o seu riso que me fez ir às fuças do meu tio. Estraguei-lhe a cara hipócrita. Fui despedido.

São Paulo parecia à minha mãe e a Elza o fim do mundo. Por nada deixariam que eu fosse para lá. Eu comecei a falar em Ilhéus, terra do cacau e do dinheiro, para onde iam levas e levas de emigrantes. E como Ilhéus ficava apenas a dois dias de navio de Aracaju, elas consentiram que eu me jogasse, numa manhã maravilhosa de luz, na terceira classe do Murtinho, rumo à terra do cacau, eldorado em que os operários falavam como da terra de Canaã.
Mamãe chorava, Elza chorava, quando me abraçaram na tarde em que segui para Aracaju – tomar o vapor. Eu olhei a velha cidade de São Cristóvão, o coração cheio de saudade. Tinha certeza de que não voltaria mais à minha terra.
Os filhos dos operários jogavam futebol com uma bexiga de boi cheia de ar.

_____________

Fonte: AMADO, Jorge. Cacau: romance. 50ª ed. Rio de Janeiro: Record, 1996. p. 7-15.

 
 
 
 

CACAO

Infanzia


Jorge Amado

Mio padre lo ricordo poco. Eravamo molto piccoli io e mia sorella, lei aveva tre anni, io cinque, quando morì. Ricordo solo che mia madre piangeva, i capelli sciolti sul viso pallido e che mio zio, vestito di nero, abbracciava i presenti con un’espressione ipocrita di tristezza. Pioveva forte. E gli uomini che reggevano la bara camminavano in fretta, non badando ai singhiozzi della mamma che non voleva che portassero via suo marito.
Papà, quando tornava dalla fabbrica, mi prendeva sulle ginocchia e mi insegnava l’abc con la sua bella voce. Era delicato e incapace, come dicevano, di far male a una mosca. Scherzava con la mamma come se fossero ancora fidanzati. La mamma, molto alta e molto pallida, le mani sottili e molto lunghe, era di una bellezza particolare, quasi un personaggio da romanzo. Nervosa, a volte piangeva senza ragione. Mio padre allora la prendeva tra le braccia e le cantava brani di canzoni che la facevano sorridere. Non ci sgridavano mai.
Quando papà morì, la mamma passò un anno come impazzita, buttata da una parte, non badava ai figli, non si curava di vestirsi, fumando e piangendo. A volte aveva attacchi orribili. E riempiva di grida straziate le notti quiete del mio Sergipe.
Quando dopo un anno ritornò normale e volle occuparsi degli affari di papà, mio zio provò con un mucchio di scartoffie che la fabbrica era solo sua, dato che mio padre – affermava con il viso rosso e le mani levate in segno di scandalo –, testamatta e artistoide, aveva lasciato solo debiti che lo zio avrebbe pagato per non rovinare il buon nome della famiglia.
La mamma non seppe che dire, poveretta, e ci strinse forte tra le braccia, perché noi tremavamo ogni volta che lo zio compariva con quella faccia rossa, la pancia lievitata, il vestito di lino e gli occhi piccoli e cattivi.
Si passava di continuo la mano sulla pancia. Mio zio… Maggiore di mio padre di dieci anni, era partito presto per Rio de Janeiro e ci era rimasto a lungo senza dare notizie e senza che si sapesse che cosa stesse facendo. Quando gli affari di mio padre cominciarono ad andare bene, lui scrisse lamentandosi della vita che faceva, dicendo che voleva tornare. E si presentò, subito dopo la lettera. Papà lo prese in fabbrica come socio.
Arrivò con la moglie, la zia Santa, santa di nome e di fatto, povera martire di quell’uomo stupido.
Papà viveva solo per noi e per il suo pianoforte. In fabbrica parlava con gli operai, ascoltava le loro lamentele, e risolveva i loro problemi per quel che poteva. La verità è che vivevano in buona armonia lui e gli operai, e la fabbrica andava piuttosto bene. Non siamo diventati mai molto ricchi, perché mio padre, inadatto agli affari, si lasciava scappare i più redditizi. Era stato educato in Europa e gli piaceva viaggiare. Aveva girato quasi tutto il mondo e amava gli oggetti vecchi e artistici, le cose fragili e le persone deboli, tutto quello che dava un’impressione o di convalescenza o di fine prossima. Da questo forse derivava la sua passione per la mamma. Con quella magrezza pallida di donna tormentata, sembrava un’eterna convalescente. Papà baciava le sue mani sottili piano piano, leggermente, come se avesse paura di romperle. E restavano per ore persi in lunghi silenzi da innamorati che si capiscono e si bastano. Non ricordo di averli mai sentiti fare dei progetti.
Noi due, io e mia sorella, eravamo delle bambole per papà e mamma.
Quando arrivò lo zio cambiò tutto. Non era stato in Europa e somigliava molto alla nonna che aveva fatto dei diciotto anni di vita in comune con mio nonno una delle tante tragedie anonime e terribili che nascono dal matrimonio della stupidità con la sensibilità. Lo zio picchiava i figli degli operai, e non c’era da meravigliarsi perché, come si mormorava in città, picchiava la moglie.
Povera zia Santa! Così buona, amava tanto i bambini e pregava talmente che aveva i calli alle dita da tanto snocciolare rosari. Morì e la causa fu il marito. Mio zio aveva sverginato un’operaia ed era andato a vivere con lei pubblicamente. Zia Santa non resse al dispiacere e morì con il rosario tra le mani, chiedendo a papà di non abbandonare il miserabile.
La fabbrica andava molto meglio. Non ho mai capito perché il salario degli operai diminuì. Papà, debole di natura, non aveva il coraggio di allontanare lo zio dalla fabbrica e un giorno, mentre suonava al piano uno dei suoi brani preferiti, ebbe una sincope e morì.
La città si arrampicava sulle colline e si fermava in cima, proprio vicino al grande convento. Guardando da lassù, si vedeva la fabbrica ai piedi del colle sul quale si attorcigliava la città come un serpente con una sola testa e tanti corpi. Forse non era bella la vecchia São Cristovão, ex capitale dello Stato, ma era pittoresca, piena di case coloniali, un silenzio da fine del mondo, le chiese e i conventi smorzavano l’allegria delle cinquecento operaie della fabbrica di tessuti.
Credo che mio padre avesse impiantato la fabbrica a São Cristovão attratto dalla decadenza della città, dalla sua quiete e tranquillità, triste città immota che aveva fatto innamorare i suoi occhi e il suo spirito stanco di paesaggi e di avventure.
Abitavamo allora in un enorme e secolare palazzotto, ex residenza di governatori, un pesantissimo portone all’entrata, le finestre irregolari, tutto dipinto di rosso, stanze grandi in cui io ed Elza ci perdevamo durante il giorno giocando a mosca cieca. La sera non vi saremmo entrati per nessun gioco perché avevamo paura dei fantasmi vagabondi dell’aldilà, anime in pena che sibilavano e trascinavano catene, secondo l’attendibilissima versione di Virgulina, negra centenaria che aveva allevato la mamma e adesso allevava noi.
A fianco di casa nostra c’era l’ex palazzo del governo, quasi in rovina, trasformato in una caserma dove abitavano pochi soldati, sporchi e indolenti. Di fronte, l’orfanotrofio, sei suore e ottanta bambine, figlie di operaie e padri ignoti. Le bambine non uscivano. Qualcuna, diventata grande, tornava alla fabbrica dov’era nata e da dove avrebbe mandato altre bambine, senza cognome, all’orfanotrofio. Altre, quelle con la pelle più chiara, diventavano suore e si spargevano nel Paese. Più avanti c’era il convento di São Francisco, così grande, così silenzioso, che non riuscii mai a guardarlo senza soggezione. Lo abitavano solo quattro frati, ma i quattro frati dominavano la città. Predicavano sermoni in cui vestivano l’infemo delle tinte più fosche. E tutte queste cose, dette in quella lingua mista di portoghese e di tedesco, ci sembravano ancora più orribili. Noi ragazzi avevamo paura dell’inferno e avevamo ancora più paura dei frati.
Sinval, il mio futuro compagno di avventure, ci raccontava che obbligavano gli operai a lavorare gratis al restauro della cattedrale (dove c’era un gigantesco São Cristovão appoggiato a una palma da cocco, con in braccio un piccolo Gesù Bambino, il tutto decorato d’oro) e quelli che rifiutavano venivano denunciati a mio zio, invitato spesso alla mensa dei frati, che li licenziava.
Le case, tutte antiche e di mattoni, si estendevano sulla piazza del convento e si tenevano in equilibrio lungo le strade che ne scendevano.
La sera, si mettevano le sedie per strada e le vecchie raccontavano storie divertenti dell’epoca di mio nonno.
I ragazzi si rincorrevano intorno alla croce, annerita dal tempo.
Le poche ragazze ricche andavano in collegio ad Aracaju e, quando tornavano con il diploma di maestra, avevano un fidanzato laureato, molta malizia e, secondo mio padre, assassinavano al piano la musica moderna.
Quelli che abitavano in piazza o nelle strade sulle colline, erano l’élite, l’aristocrazia. Là sotto c’erano la fabbrica, il quartiere operaio, la plebe.

La fabbrica era un cassone bianco pieno di rumore e di vita. Settecento operai, dei quali più di cinquecento erano donne. Gli uomini emigravano dicendo che «lavorare in filanda è un lavoro da femmine». I più timidi non partivano e si sposavano e avevano legioni di figlie, che sostituivano le nonne e le madri quando queste non ce la facevano più e smettevano di lavorare.
La nascita di una figlia era accolta con gioia. Due mani in più per il lavoro. Un maschio, al contrario, era considerato una sciagura. Il figlio mangiava, cresceva e se ne andava o nelle piantagioni di caffè intorno a São Paulo o in quelle di cacao di Ilhéus con un’ingratitudine incomprensibile. Uscendo dalla fabbrica si passava su una trave a cavallo di un ruscello e si arrivava al quartiere Cu com Bunda, culo e sedere, dove abitavano quasi tutti gli operai. Un grande rettangolo in cui le case confinavano dalla parte di dietro. Da cui il nome pittoresco. Tra le piccole case spiccavano l’infermeria e lo studio dentistico. Il dentista veniva da Aracaju due volte la settimana. Sinval diceva:
«Un operaio può avere mal di denti solo martedì e venerdì…»
L’infermiere abitava a São Cristovão, però era impegnato nella campagna elettorale di mio zio e le dedicava quasi tutto il tempo.
Nel quartiere Cu com Bunda, la gente si divertiva la sera quando le chitarre cantavano cocos e la bottiglia di acquavite passava di mano in mano. Gli operai leggevano allora le lettere dei parenti che abitavano a Ilhéus e progettavano di emigrare tutti insieme.
Il cacao esercitava su di loro un fascino malato. I frati ogni tanto scendevano dal convento e, stando attenti a non avvicinarsi ai bambini pieni di pidocchi, sorridevano agli operai e parlavano di «piccoli interventi alla chiesa o al convento»…

Quando mio padre morì e dopo che lo zio ebbe decretato la nostra indigenza, andammo ad abitare in una casupola all’inizio di una discesa. Mi avvicinai molto più al proletariato del Cu com Bunda che all’aristocrazia della decadenre São Cristovão.
Mi abituai a giocare a calcio con i figli degli operai. Il pallone, povera palla rudimentale, era una vescica di bue riempita d’aria. Diventai amico di un ragazzo, Sinval, unico figlio di un’operaia il cui marito era morto a São Paulo coinvolto in uno scontro con la polizia, non so bene perché. So che gli operai dicevano che era un martire. E Sinval faceva danni contro i padroni più che poteva. Mingherlino, le ossa quasi a vista, aveva però la voce sicura e lo sguardo aggressivo. Era il nostro capo quando andavamo a rubare la frutta nelle fattorie vicine. E ogni volta che passava mio zio, sputava per terra. Diceva che appena avesse compiuto sedici anni, sarebbe andato a São Paulo a combattere come suo padre. Soltanto molto tempo più tardi capii che cosa intendeva.
Elza e io andavamo a scuola. La mamma faceva pizzi e i suoi genitori l’aiutavano a mantenerci. A quindici anni andai a lavorare in fabbrica. Ero un ragazzotto robusto, con il torace ben sviluppato. Il bambino anemico che ero stato si era trasformato in un adolescente con muscoli sodi rinvigoriti nelle lotte tra ragazzi. Dimostravo più anni di quelli che avevo. Avevo sempre vissuto tra i monelli poveri della città, povero come loro. Adesso sarei stato uguale a loro in tutto, operaio della fabbrica. Sinval non mi avrebbe più detto con quel sorriso burlone:
«Signorino ricco…»

Per cinque anni sopportai in fabbrica la brutalità di mio zio. Sinval a diciassette anni aveva venduto quel po’ di roba e mobili che possedeva ed era andato a cercare lavoro in fabbrica o in fazenda a São Paulo. Le prime e ultime notizie che avemmo di lui arrivarono due anni dopo. Era impegnato in uno sciopero e si aspettava di venire arrestato da un momento all’altro. Poi più niente, né una 1ettera, né un messaggio. Gli operai dicevano:
«Ha fatto la fine del padre», e furiosi stringevano i pugni. Ma la sirena della fabbrica fischiava e loro si piegavano, scarni e silenziosi.
Le mie mani erano callose e le spalle larghe. Avevo dimenricato molto del poco imparato a scuola, ma in compenso ero piuttosto orgoglioso di essere operaio. Non avrei cambiato il mio posto in filanda con quello di padrone. Mio zio era molto più vecchio, molto più rosso e molto più ricco. La pancia era l’indice della sua prosperità. Quanto più lo zio arricchiva, tanto più la pancia aumentava. Era enorme, indecente, mostruosa. Pochi patrimoni a Sergipe erano uguali al suo. Elargiva elemosine solo al convento (dove sbafava cene) e all’orfanotrofio. A questo dava soldi e orfane. Non si poteva contare sulle dita, neanche sommando quelle dei piedi, il numero di operaie rovinate da mio zio.

A quattordici anni ebbi una passioncella per una puttana consunta e sifilitica, con la quale iniziai la vita sessuale. L’amore, a diciotto anni, platonico, per una biondina che si fece suora e infine, a vent’anni, il progetto di andare a vivere con Margarida, operaia come me. Non fu una buona idea. Anche mio zio aveva messo gli occhi su Margarida, seni alti e bianchi, un faccino da bambina maliziosa. Margarida un giorno venne a dirmi che il padrone la palpava. E rideva, impudente. Credo sia stata la sua risata a farmi aggredire lo zio. Gli spaccai la faccia ipocrita. Mi licenziò.

Per mia madre e per Elza, São Paulo era la fine del mondo. Non mi avrebbero mai permesso di andarci. Allora cominciai a parlare di Ilhéus, terra di cacao e di denaro, dove si dirigevano generazioni di emigranti. E dato che Ilhéus era a due soli giorni di nave da Aracaju, mi permisero, un mattino meraviglioso di luce, di saltare a bordo del Murtinho, in terza classe, diretto alla terra del cacao, l’Eldorado di cui gli operai parlavano come della terra di Canaan.
La mamma piangeva, Elza piangeva, quando mi abbracciarono il giorno che partii per Aracaju a prendere il vapore. Guardai la vecchia città di São Cristovão, il cuore pieno di nostalgia. Ero sicuro che non sarei più tornato.
I figli degli operai giocavano a calcio con una vescica di bue riempita d’aria.

_____________

Fonte: AMADO, Jorge. Cacao. In: Jorge Amado: romanzi. [La revisione delle traduzioni è a cura di Paolo Collo e Daniela Ferioli]. Milano: A. Mondadori, 2002. p. 145-52.





Bio fornecida pelo palestrante.

Dona Flor e seus dois maridos




Autor: Jorge Amado
Título: Dona Flor e seus dois maridos, Doña Flor y sus dos maridos
Idiomas: port, esp
Tradutor: Lorenzo Varela(esp)
Data: 28/12/2004

DOÑA FLOR Y SUS DOS MARIDOS: EDIFICANTE HISTORIA DE AMOR

1


Jorge Amado

Vadinho, el primer marido de doña Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando sambava en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo 2 de Julio, no muy lejos de su casa. No formaba parte de la agrupación; acababa de mezclarse con ella junto con otros cuatro amigos, todos con vestidos de bahiana, viniendo de un bar de la calle Cabeça, en el que el whisky había corrido con abundancia a costa de un tal Moysés Alves, hacendado del cacao, rico y perdulario.
La comparsa tenía una pequeña y afinada orquestra de guitarras y flautas; tocaba el guitarrillo Carlinhos Mascarenhas, un flacucho celebrado en las “garçonnières”, ¡ah! un tocador divino. Los muchachos iban vestidos de gitanos y las chicas de campesinas húngaras o rumanas; jamás, sin embargo, hubo húngara o rumana –o incluso búlgara o eslovaca– que se cimbreara como se cimbreaban ellas, mestizas en la flor de la edad y de la seducción.
Vadinho, el más animado de todos, al ver aparecer el conjunto en la esquina y oír el punteo del esque1ético Mascarenhas en el sublime guitarrillo, se adelantó con rapidez, situóse junto a una rumana repintada, grandota, monumental como una iglesia- que podía ser la de San Francisco, pues la cubría un derroche de lentejuelas doradas–, y anunció:
–Aquí estoy yo, mi rusa del Tororó…
El “gitano” Mascarenhas, que también iba cubierto de abalorios y canutillos y con festivas argollas colgando de las orejas, le exigió al guitarrillo; gimieron las flautas y las guitarras y Vadinho se lanzó a sambar con el ejemplar entusiasmo característico de todo cuanto hacía, si se exceptúa el trabajo. Remolineando en medio de la murga, zapateaba frente a la mulata, avanzando hacia ella con floreos y ombligazos, cuando, de repente, soltó una especie de ronquido apagado, le vacilaron las piernas, se inclinó hacia un lado y rodó por el suelo echando una baba amarilla por la boca, sin que la mueca de la muerte consiguiese apagar del todo la alegre sonrisa del juerguista impenitente que había sido.
Los amigos no lo atribuyeron a los whiskys del hacendado sino a la cachaça: no hubieran bastado aquellas cuatro o cinco dosis para terminar con un bebedor de la clase de Vadinho. Pero pudo ser, sí, toda la cachaça acumulada desde el mediodía anterior, cuando inauguraron oficialmente el carnaval en el Bar Triunfo, en la Plaza Municipal, que seguramente se le había subido toda junta, de golpe, haciéndolo caer en un profundo sopor. Mas la profesional, estaba familiarizada con la muerte, la frecuentaba diariamente en el hospital. Claro que no con tanta intimidad como en este caso, en que le había dirigido ombligazos, hecho guiños y sambado con ella. Se inclinó sobre Vadinho, le puso una mano en el cuello y se estremeció, sintiendo escalofríos en el vientre y en la espina dorsal:
-¡Está muerto, Dios mío!
También tocaron otros el cuerpo del mozo, alzaron su cabeza de larga cabellera rubia, y buscaron los latidos de su corazón. Nada consiguieron, era inútil. Vadinho desertó para siempre del carnaval de Bahia.

2

Grande fue el alboroto en la comparsa y en la calle, así como el revuelo producido en los alrededores. Un “Dios nos salve” sacudió a los enmascarados. Y encima de todo la escandalosa Anete, una maestrita romántica e histérica, aprovechó tan inmejorable ocasión para tener un soponcio, entre agudos chillidos y amagos de desmayo: toda una escena en honor de Carlinhos Mascareñas, por quien suspiraba esa melindrosa propensa al patatús, que decía ser ultrasensible y se erizaba como una gata cuando él pulsaba el guitarrillo. El instrumento colgaba ahora de las manos del artista, silencioso e inútil, como si Vadinho se hubiera, llevado consigo al otro mundo sus últimos acordes.
De todas partes acudía la gente corriendo, pues la noticia circuló rápidamente por las inmediaciones, llegando a San Pedro, a la Avenida Sete, al Campo Grande, y arreando curiosos. En torno al cadáver acabó por juntarse una pequeña multitud, que se codeaba y hacía comentarios. Llamaron a un médico residente del Sodré mientras un policía de tránsito hacia sonar el silbato sin cesar como para anunciar a la ciudad entera, a todo en Carnaval, el fin de Vadinho.
“¡Pero si es Vadinho, el pobre!”, constató un enmascarado, que llevaba una media como antifaz, perdiendo su animación. Todos reconocieron al muerto, pues su figura era muy popular, con su estallante alegría, su bigotito recortado, su pícara altivez. Sobre todo era bien visto en los lugares donde se bebía, jugaba y farreaba. Y allí, tan cerca de su casa, no había quien no lo conociese.
Otro disfrazado, vestido con una bolsa y cubierto con una cabezota de osos, atravesó el compacto grupo, consiguiendo acercarse y ver al muerto. Entonces se quitó la máscara, dejando a la vista una cara llena de aflicción, de bigotes caídos y cabeza calva, y murmurando:
–Vadinho, hermanito, ¿qué te hicieron?
“¿Qué le pasó? ¿De qué murió”, se preguntaban unos a otros, y alguien respondió: “Fue la cachaça”. Explicación demasiado fácil para muerte tan inesperada. También se detuvo ante el difunto una vieja encorvada, que echó una mirada y reflexionó:
-¡Tan mozo todavía! ¿Por qué se ha de morir tan joven?
Se cruzaban las preguntas y las respuestas, mientras el médico ponía el oído sobre el pecho de Vadinho, para realizar la comprobación final e inútil.
“Estaba sambando muy entusiasmado cuando sin más se cayó de costado, con la muerte adentro”, explicaba uno de los amigos, ya totalmente curado de la cachaça, súbitamente sobrio y conmovido, un tanto ridículo con sus ropas femeninas de bahiana, con las mejillas pintadas de rojo y profundas ojeras negras trazadas con un corcho quemado.
El hecho de estar disfrazados de bahiana no debe dar lugar a maliciosos pensamientos en torno a los cinco mozos, todos ellos de reconocida virilidad. Se habían disfrazado así sólo para divertirse más, por amor a la farsa y por picardía, no por afeminados o por inclinación a presuntas exquisiteces. No había maricas entre ellos, ¡alabado sea Dios! Vadinho incluso se había atado bajo la blanca enagua almidonada una enorme raíz de mandioca y a cada paso levantaba las faldas y exhibía el descomunal y pornográfico trofeo, que obligaba a las mujeres a taparse con las manos la cara sonriente, con fingida vergüenza. Ahora la raíz pendía del muslo descubierto, pero ya no hacía reír a nadie. Uno de los amigos se acercó y la desató de la cintura de Vadinho. Pero ni aún así adquirió el difunto un aspecto púdico y decente: era un muerto de carnaval, ni siquiera mostraba sangre de bala o de puñalada corriéndole por el pecho, que pudiera rescatarlo de su condición de mascarita.
Doña Flor, precedida, claro está, de doña Norma, que daba órdenes y le abría paso, llegó casi al mismo tiempo que la policía. Cuando apareció doblando la esquina y apoyada en los brazos solícitos de las comadres, todos adivinaron que era la viuda, pues venía suspirando y gimiendo, sin intentar al menos contener los sollozos, deshecha en llanto. Además, llevaba puesta la bata de entre-casa, bastante gastada, que usaba para hacer la limpieza, calzaba pantuflas y todavía estaba despeinada. Aún así era bonita, de agradable presencia: pequeña y rechoncha, gorda pero sin grasa, la piel bronceada con tono de cabo-verde, lisos los cabellos y tan negros que parecían azulados, ojos para un requiebro y labios gruesos, entreabiertos sobre los dientes blancos. Apetitosa, como acostumbraba a calificarla el mismo Vadinho en sus días de ternura, tal vez raros, pero por eso mismo inolvidables. Quizá a causa de las actividades culinarias de la esposa, en esos instantes de idilio él la llamaba “mi marlo de maíz verde, mi acarajé oloroso, mi pollita gorda”; y tales comparaciones gastronómicas dan una idea justa de cierto encanto sensual y hogareño que poseía doña Flor, escondido tras una apariencia tranquila y dócil. Vadinho conocía las flaquezas de ella y las señalaba claramente: sus ansias contenidas, de tímida, su recatado deseo que se tornaba violento e incluso incontenible, cuando se manifestaba libremente. Como estuviese en vena Vadinho, nadie podía ser más fascinante, y ninguna mujer se le resistía. Doña Flor jamás pudo eludir su encanto, aunque estuviese indignada, enojada por algún motivo reciente. Pues en repetidas ocasiones había llegado a odiarlo y a renegar del día en que uniera su suerte a la del bohemio.
Pero mientras caminaba acongojada al encuentro de su intempestiva muerte doña Flor iba atontada, con la cabeza vacía. No se acordaba de nada, ni aún de los momentos de honda ternura, y mucho menos de los días crueles, de angustia y soledad, como si el marido, al expirar, hubiese quedado libre de todos sus defectos, o como si no los hubiera tenido en “su breve paso por este valle de lágrimas”.
“Breve fue su paso por este valle de lágrimas”, sentenció el respetable profesor Epaminondas Souza Pinto, con afectación y apresuramiento, procurando saludar a la viuda y darle el pésame incluso antes de que ella llegara junto al cuerpo del marido. Mas doña Gisa, profesora igualmente, y hasta cierto punto también respetable, pudo contener a la vez su risa y la diligencia del colega. Si en verdad había sido breve el paso de Vadinho por la vida –acababa de cumplir treinta y un años–, para él, doña Gisa lo sabía bien, el mundo no había sido un valle de lágrimas, y sí un escenario de farsas, embrollos, embustes y pecados. Algunos de ellos, producto sin duda del apuro y la confusión, sometieron su corazón a arduas pruebas, angustias y sobresaltos: deudas a pagar, pagarés a descontar, garantes a convencer, compromisos asumidos, bancos y usureros, rostros inconmovibles, amigos que lo esquivaban, sin hablar de los sufrimientos físicos y morales de doña Flor. Porque, razonaba doña Gisa en su enrevesado portugués (era medio norteamericana; se naturalizó y se sentía brasileña, pero ese diablo de idioma ¡ah!, no conseguía dominarlo), si hubo lágrimas en el breve paso de Vadinho por la vida, estas fueron las de doña Flor, y muchas alcanzando de sobra para la pareja.
Ante su muerte repentina, doña Gisa no pensaba en Vadinho sino con nostalgia: le tenía simpatía; a pesar de todo, en ciertos aspectos era gentil y cautivante. Pero no por eso, sin embargo, no por estar él allí, en el Largo 2 de Julio, muerto, tendido en la calle, vestido de bahiana, iba ella de repente a santificarlo, torcer la realidad, e inventar un Vadinho hecho de una sola pieza. Así se lo explicó a doña Norma, íntima y vecina suya, pero no tuvo el esperado apoyo de la aparcera. Doña Norma le había cantado las diez últimas a Vadinho muchas veces; peleaba con él y le endilgaba sermones monumentales, y un día llegó a amenazarlo con llamar a la policía. Pero en aquella hora final y dolorosa no deseaba comentar las predominantes y desagradables facetas del finado, sólo quería alabar sus lados buenos, su natural amabilidad, su solidaridad siempre pronta a manifestarse, su lealtad para con los amigos, su indiscutible generosidad (sobre todo cuando la practicaba con dinero ajeno), su irresponsable e infinita alegría de vivir. Además, estaba ocupada en acompañar y socorrer a doña Flor que ni siquiera prestaba oídos a las duras verdades de doña Gisa. Doña Gisa era así: la verdad por encima de todo, a veces hasta hacerla parecer áspera e inflexible; tal vez era una actitud de defensa contra, su buena fe, pues era crédula hasta el absurdo y confiaba en todo el mundo. No, ella, no se acordaba de las malas acciones de Vadinho para criticarlo y condenarlo. Vadinho le agradaba, y con frecuencia se enfrascaban los dos en largas conversaciones, pues a doña Gisa le interesaba conocer la psicología del submundo en que él se movía, y él le contaba casos y cosas mientras atisbaba en su escote los dos senos pujantes y pecosos. Quizá Doña Gisa lo entendiese mejor que doña Norma, pero, al contrario que la otra, no le perdonaba ni un solo defecto y no iba a mentir sólo porque estuviese muerto. Ni a sí misma se mentía doña Gisa, a no ser que fuera indispensable. Y no era este el caso, evidentemente.
Doña Flor se metía entre la gente siguiendo el claro que dejaba doña Norma, quien se abría camino gracias a sus codos y a su gran popularidad:
–Vamos, apártense, amigos, déjenla pasar a la pobre…
Allí estaba sobre los adoquines, los labios sonrientes, blanco y rubio, lleno de paz y de inocencia. Dona Flor quedó inmóvil por un instante, contemplándolo, como si tardase en reconocer al marido, o más bien, probablemente, en aceptar el hecho, ahora indiscutible, de su muerte. Pero fue sólo un instante. Con un grito salido de lo hondo de las entrañas, se echó sobre Vadinho, besándole los cabellos, el rostro pintado de carmín, los ojos abiertos, el atrevido bigote, la boca muerta, para siempre muerta.

_______________

Fonte: AMADO, Jorge. Doña Flor y sus dos maridos: edificante historia de amor. Traducción de Lorenzo Varela. 15ª ed. Buenos Aires: Editorial Losada, 1983. p. 17-22.

DONA FLOR E SEUS DOIS MARIDOS: HISTÓRIA MORAL E DE AMOR

1


Jorge Amado

Vadinho o primeiro marido de dona Flor, morreu num domingo de carnaval, pela manhã, quando, fantasiado de baiana, sambava num bloco, na maior animação, no Largo Dois de Julho, não longe de sua casa. Não pertencia ao bloco, acabara de nele misturar-se, em companhia de mais quatro amigos, todos com traje de baiana, e vinham de um bar no Cabeça onde o uísque correra farto à custa de um certo Moysés Alves, fazendeiro de cacau, rico e perdulário.
O bloco conduzia uma pequena e afinada orquestra de violões e flautas; ao cavaquinho, Carlinhos Mascarenhas, magricela celebrado nos castelos, ah! um cavaquinho divino. Vestiam-se os rapazes de ciganos e as moças de camponesas húngaras ou rumenas; jamais, porém, húngara ou rumena ou mesmo búlgara ou eslovaca rebolou como rebolavam elas, cabrochas na flor da idade e da faceirice.
Vadinho, o mais animado de todos, ao ver o bloco despontar na esquina e ao ouvir o ponteado do esquelético Mascarenhas no cavaquinho sublime, adiantou-se rápido, postou-se ante a rumena carregada na cor, uma grandona, monumental como uma igreja – e era a Igreja de São Francisco, pois se cobria com um desparrame de lantejoula doirada –, anunciou:
– Lá vou eu, minha russa do Tororó…
O cigano Mascarenhas, também ele gastando vidrilhos e miçangas, festivas argolas penduradas nas orelhas, apurou ao cavaquinho, as flautas e os violões gemeram, Vadinho caiu no samba com aquele exemplar entusiasmo, característico de tudo quanto fazia, exceto trabalhar. Rodopiava em meio ao bloco, sapateava em frente à mulata, avançava para ela em floreios e umbigadas, quando, de súbito, soltou uma espécie de ronco surdo, vacilou nas pernas, adernou de um lado, rolou no chão, botando uma baba amarela pela boca onde o esgar da morte não conseguia apagar de todo o satisfeito sorriso do folião definitivo que ele fora.
Os amigos ainda pensaram tratar-se de cachaça, não os uísques do fazendeiro: não seriam aquelas quatro ou cinco doses capazes de possuir bebedor da classe de Vadinho; porém toda a cachaça acumulada desde a véspera ao meio-dia quando oficialmente inauguraram o carnaval no Bar Triunfo, na Praça Municipal, subindo toda ela de uma vez e derrubando-o adormecido. Mas a mulata grandona não se deixou enganar: enfermeira de profissão estava acostumada com a morte, freqüentava-la diariamente no hospital. Não, porém, tão íntima a ponto de dar-lhe umbigadas, de pinicar-lhe o olho, de sambar com ela. Curvou-se sobre Vadinho, colocou-lhe a mão no pescoço, estremeceu, sentindo um frio no ventre e na espinha:
– Tá morto, meu Deus!
Outros tocaram também o corpo do moço, tornaram-lhe do pulso, suspenderam-lhe a cabeça de melenas loiras, buscaram-lhe o palpitar do coração. Nada obtiveram, era sem jeito, Vadinho desertara para sempre do Carnaval da Bahia.

2

Foi um rebuliço no bloco e na rua, um corre-corre pelas redondezas, um deus-nos-acuda a sacudir os carnavalescos – e ainda por cima a escandalosa Anete, professorinha romântica e histérica, aproveitou a boa oportunidade para um chilique, com pequenos gritos agudos e ameaças de desmaio. Toda aquela representação em honra do dengoso Carlinhos Mascarenhas, por quem suspirava a melindrosa de faniquito fácil – dizendo-se ela própria ultra-sensível, arrepiando-se como uma gata quando ele dedilhava o cavaquinho. Cavaquinho agora silencioso, pendendo inútil das mãos do artista, como se Vadinho houvesse levado consigo para o outro mundo seus derradeiros acordes.
Veio gente correndo de todos os lados, logo a notícia circulou pelas imediações, chegou a São Pedro, à Avenida Sete, ao Campo Grande, arrebanhando curiosos. Em torno ao cadáver reunia-se uma pequena multidão a acotovelar-se em comentários. Um médico residente no Sodré foi requisitado e um guarda-de-trânsito sacou de um apito e nele soprava sem parar como a advertir a cidade inteira, a todo o Carnaval, do fim de Vadinho.
“Pois se é Vadinho, coitadinho dele!”, constatou um careta, com sua máscara de meia, perdida a animação. Todos reconheciam o morto, era largamente popular, com sua alegria esfuziante, seu bigodinho recortado, sua altivez de malandro, benquisto sobretudo nos lugares onde se bebia, jogava, e farreava; e ali, tão perto de sua residência, não havia quem não o identificasse.
Outro mascarado, este vestido de aniagem e coberto com uma cabeçorra de urso, varou o cerrado grupo, conseguiu aproximar-se e ver. Arrancou a máscara deixando exposta uma cara aflita, de bigodes caídos e crânio careca e murmurou:
– Vadinho, meu irmãozinho, que foi que te fizeram?
“Que foi que deu nele, de que morreu?” perguntavam-se uns aos outros, e havia quem respondesse: “foi cachaça”, numa explicação por demais fácil para tão inesperada morte. Uma velha curvada parou também, deu sua olhadela, constatou:
– Tão moderno ainda, por que morrer tão moço?
Perguntas e respostas cruzavam-se, enquanto o médico colocava o ouvido sobre o peito de Vadinho, numa constatação final e inútil.
“Estava sambando, numa animação retada, e sem avisar nada a ninguém caiu de lado já todo cheio da morte” – explicou um dos quatro amigos, curado por completo da cachaça, de súbito sóbrio e comovido, meio sem jeito nas roupas femininas de baiana, as faces vermelhas de carmim, fundas olheiras negras, traçadas com cortiça queimada, sob os olhos.
O fato de estarem fantasiados de baiana não deve levar a maliciar-se sobre os cinco rapazes, todos eles de macheza comprovada. Vestiam-se de baiana para melhor brincar, por farsa e molecagem, e não por tendência ao efeminado, a suspeitas esquisitices. Não havia chibungo entre eles, benza Deus. Vadinho, inclusive, amarrara, sob a anágua branca e engomada, enorme raiz de mandioca e, a cada passo, suspendia as saias e exibia o troféu descomunal e pornográfico, fazendo as mulheres esconderem nas mãos o rosto e o riso, com maliciosa vergonha. Agora a raiz pendia abandonada sobre a coxa descoberta e não fazia ninguém rir. Um dos amigos veio e a desatou da cintura de Vadinho. Mas nem assim o defunto ficou decente e recatado, era um morto de Carnaval e não exibia se quer sangue de bala ou de facada a escorrer-lhe do peito, capaz de resgatar seu ar de mascarado.
Dona Flor, precedida, é claro, por dona Norma a dar ordens e a abrir caminho, chegou quase ao mesmo tempo que a polícia. Quando despontou na esquina, apoiada nos braços solidários das comadres, todos adivinharam a viúva, pois vinha suspirando e gemendo, sem tentar controlar os soluços, num pranto desfeito. Ao demais, trajava o robe caseiro e bastante usado com que cuidava do asseio do lar, calçava chinelas cara-de-gato e ainda estava despenteada. Mesmo assim era bonita, agradável de ver-se: pequena e rechonchuda, de uma gordura sem banhas, a cor bronzeada de cabo-verde, os lisos cabelos tão negros a ponto de parecerem azulados, olhos de requebro e os lábios grossos um tanto abertos sobre os dentes alvos. Apetitosa, como costumava classificá-la o próprio Vadinho em seus dias de ternura, raros talvez porém inesquecíveis. Quem sabe, devido às atividades culinárias da esposa, nesses idílios Vadinho dizia-lhe “meu manuê de milho verde, meu acarajé cheiroso, minha franguinha gorda”, e tais comparações gastronômicas davam justa idéia de certo encanto sensual e caseiro de dona Flor a esconder-se sob uma natureza tranqüila e dócil. Vadinho conhecia-lhe as fraquezas e as expunha ao sol, aquela ânsia controlada de tímida, aquele recatado desejo fazendo-se violência e mesmo incontinência ao libertar-se na cama. Quando Vadinho estava de veia, não existia ninguém mais encantador e nenhuma mulher sabia resistir-lhe. Dona Flor jamais conseguira recusar-se a seu fascínio nem mesmo se a tanto se dispunha cheia de indignação e de raiva recentes. Pois, em repetidas ocasiões, chegara a odiá-lo e a arrenegar o dia em que unira sua sorte à do boêmio.
Mas andando agoniada, ao encontro da intempestiva morte de Vadinho, dona Flor ia zonza, vazia de pensamentos, de nada se recordava, nem dos momentos de densa ternura, menos ainda dos dias cruéis, de angústia e solidão, como se ao expirar ficasse o marido despojado de todos os defeitos ou como se não os houvesse possuído em “sua breve passagem por este vale de lágrimas”.
“Foi breve sua passagem por esse vale de lágrimas”, pronunciou o respeitável professor Epaminondas Souza Pinto afetado e afobado, tentando cumprimentar a viúva, dar-lhe os pêsames, antes mesmo dela chegar junto ao corpo do marido. Dona Gisa, também professora e até certo ponto também respeitável, conteve o açodamento do colega e conteve o riso. Se em verdade fora breve a passagem de Vadinho pela vida – vinha de completar trinta e um anos –, para ele, dona Gisa bem o sabia, não fora o mundo vale de lágrimas e, sim, palco de farsas, engodos, embustes e pecados. Alguns deles aflitos e confusos, sem dúvida, submetendo seu coração a árduas provas, a agonias e sobressaltos: dívidas a pagar, promissórias a descontar, avalistas a convencer, compromissos assumidos, prazos improrrogáveis, protestos e cartórios, bancos e agiotas, caras amarradas, amigos esquivando-se, sem falar nos sofrimentos físicos e morais de dona Flor. Porque, considerava dona Gisa em seu português arrevesado – era vagamente norte-americana, naturalizara-se e se sentia brasileira mas o diabo da língua, ah! não conseguia dominá-la –, se houvera lágrimas na breve passagem de Vadinho pela vida, elas tinham sido choradas por dona Flor e foram muitas, davam de sobra para o casal.
Diante de tão súbita morte, dona Gisa não pensava em Vadinho senão com saudade: era-lhe simpático, apesar de tudo; possuía um lado gentil e cativante. Nem por isso, no entanto, nem por ele encontrar-se ali, no Largo Dois de Julho, morto, estendido na rua, vestido de baiana, iria ela de repente santificá-lo, torcer a realidade, inventar outro Vadinho feito de um só pedaço. Assim explicou a dona Norma, sua vizinha e íntima, mas não obteve da parceira o esperado apoio. Dona Norma muitas vezes dissera as últimas a Vadinho, brigava com ele, pregava-lhe sermões monumentais, chegara um dia a ameaçá-lo com a polícia. Naquela hora derradeira e aflita, porém, não desejava comentar as predominantes e desagradáveis facetas do finado, queria apenas gabar seus lados bons, sua gentileza natural, sua solidariedade sempre pronta a manifestar-se, sua lealdade para com os amigos, sua indiscutível generosidade (sobretudo se a praticava com o dinheiro alheio), sua irresponsável e infinita alegria de viver. Aliás, tão ocupada em acompanhar e socorrer dona Flor, nem tinha ouvidos para dona Gisa com sua dura verdade. Dona Gisa era assim: a verdade acima de tudo, por vezes a ponto de fazê-la parecer áspera e inflexível; talvez numa atitude de defesa contra sua boa fé, pois era crédula ao absurdo e confiava em todo mundo. Não, não relembrava os malfeitos de Vadinho para criticá-lo ou condená-lo, gostava dele e com freqüência perdiam-se os dois em longas prosas, dona Gisa interessada em apreender a psicologia do submundo onde Vadinho se movimentava, ele a contar-lhe casos e a espiar-lhe no decote do vestido o nascer dos seios pujantes e sardentos. Talvez dona Gisa o entendesse melhor que dona Norma, mas, ao contrário da outra, não lhe descontava sequer um defeito, não ia mentir só por que ele morrera. Nem a si própria dona Gisa mentia, a não ser quando isso se fazia indispensável. E não era o caso, evidentemente.
Dona Flor atravessava o povo no rastro de dona Norma a abrir caminho com os cotovelos e com sua extensa popularidade:
– Vai, arreda minha gente, deixa a pobre passar…
Lá estava Vadinho no chão de paralelepípedos, a boca sorrindo, todo branco e loiro, todo cheio de paz e de inocência. Dona Flor ficou um instante parada, a contemplá-lo como se demorasse a reconhecer o marido ou talvez, mais provavelmente, a aceitar o fato, agora indiscutível, de sua morte. Mas foi só um instante. Com um berro arrancado do fundo das entranhas, atirou-se sobre Vadinho, agarrou-se ao corpo imóvel a beijar-lhe os cabelos, o rosto pintado de carmim, os olhos abertos, o atrevido bigode, a boca morta, para sempre morta.

__________________

Fonte: AMADO, Jorge. Dona Flor e seus dois maridos: história moral e de amor. 7ª ed. São Paulo: Livraria Martins Editora, 1966. p. 21-27.





Bio fornecida pelo palestrante.

Gabriela, Cravo e Canela




Autor: Jorge Amado
Título: Gabriela, Cravo e Canela, Gabriela, clavo y canela
Idiomas: port, esp
Tradutor: Haydée Jofré Barroso(esp)
Data: 28/12/2004

DE COMO EL DOCTOR CASI TENIA SANGRE IMPERIAL

de Gabriela, clavo y canela

Jorge Amado

 

El Doctor no era doctor, y el Capitán no era capitán. Como la mayor parte de los “coroneles” no eran coroneles. Pocos, en realidad, eran los terratenientes que en los comienzos de la República y del cultivo del cacao, habían alcanzado el grado de Coronel de la Guardia Nacional. Pero quedó la costumbre: dueño de plantaciones de más de mil arrobas, pasaba normalmente a usar y recibir el título, que allí no significaba mando militar sino reconocimiento de la riqueza. Juan Fulgencio, a quien le gustaba reírse de las costumbres locales, decía que la mayoría de ellos eran “coroneles de jagunços”, ya que muchos de ellos habían estado envueltos en las luchas por la conquista de la tierra.

Entre las jóvenes generaciones hubo quien ni siquiera supiera el sonoro y noble nombre de Pelópidas de Assunção d’Avila, tanto habíanse acostumbrado a tratarlo respetuosamente de “doctor”. En cuanto a Miguel Bautista de Oliveira, hijo del finado Cazuzinha, que fuera Intendente durante el primer período de las luchas, que tuviera dinero pero que había muerto pobre, y cuya fama de bondad aún hoy es comentada por las viejas comadres, desde criatura fue llamado “capitán”, cuando, inquieto y atrevido, comandaba a los chiquillos de entonces.

Eran dos personalidades ilustres de la ciudad y, aunque viejos amigos, entre ellos se dividía la población, indecisa en resolver cuál de los dos era el mayor y más arrebatador orador local. Dejando de lado al doctor Ezequiel Prado, invencible en el tribunal.

En las fiestas nacionales — el 7 de setiembre, el 15 de noviembre, o el 13 de mayo — , en las fiestas de fin de año, o de Año Nuevo con “reisado”, pesebre y “bumba-meu-boi”, en ocasión de la llegada a Ilhéus de literatos de la capital del Estado, la población se regocijaba y una vez más se dividía ante la oratoria del Doctor y del Capitán.

Nunca havíase alcanzado la unanimidad en esa disputa, prolongada através de los años. Prefiriendo unos las altisonantes frases del Capitán, donde los adjetivos grandiosos sucedíanse en impetuosa cabalgata y algunos temblores en la voz ronca provocaban delirantes aplausos; prefiriendo otros los largos períodos rebuscados del Doctor, la erudición trasluciendo en los nombres citados abundantemente, en la adjetivación difícil en que brillaban como joyas raras, ciertas palabras, tan clássicas, que apenas unos pocos conocían su verdadero significado.

Hasta las hermanas Dos Reis, tan unidas en todo lo restante de la vida, en este caso dividían sus opiniones. La debilucha y nerviosa Florita, se exaltaba con las arrogancias verbales del Capitán, con sus “rútilas auroras de la libertad”, deleitábase con los trémulos de voz al final de las frases, que vibraban en el aire. Quinquina, la gorda y alegre Quinquina, prefería el saber del Doctor, aquellas vetustas palabras, esa su manera patética de clamar con el dedo en alto: “¡Pueblo, oh mi pueblo!” De regreso de las reuniones cívicas en la Intendencia o en la plaza pública, las dos discutían, como lo hacía toda la ciudad incapaz de decidirse.

— No entiendo nada, pero es tan bonito… –concluía Quinquina, votando por el Doctor.

— Hasta me corre un frío por la columna cuando él habla –decía Florita votando por el Capitán.

Memorables días aquellos en que, en el palco de la Plaza de la Matriz de San Jorge, ornamentado con flores, el Capitán y el Doctor alternábanse en la palabra, uno como orador oficial de la Euterpe 13 de Mayo, el otro en nombre del Gremio Rui Barbosa, organización literario-charadística de la ciudad. Desaparecían todos los otros oradores (aun el profesor Josué, cuya verborrea lírica tenía su público de chiquillas del colegio de monjas), y se hacía el silencio de las grandes ocasiones cuando avanzaba hacia el palco la figura morena e insinuante del Capitán, vestido impecablemente de blanco con una flor en la solapa, alfiler de rubí en la corbata y aire de ave de rapiña debido a la nariz larga y curvada; o bien la silueta delgada del Doctor, pequeñito y saltarín como gárrulo pajarito inquieto, vistiendo su eterna ropa negra, cuello alto y pechera almidonada, con el “pince-nez” unido a la chaqueta por una cinta, y los cabellos ya casi enteramente blancos.

— Hoy el Capitán parecía una catarata de elocuencia. ¡Qué palabreo tan bonito!

— Pero vacío. El Doctor, en cambio pone tuétano en todo lo que dice. ¡El hombre es un diccionario!

Solamente el doctor Ezequiel Prado podía hacerle competencia en las pocas ocasiones en que, ebrio hasta caerse, subía a otra tribuna, fuera del Tribunal. También él tenía sus incondicionales, y, en lo que se refiere a los debates jurídicos, la opinión pública era unánime: no había quien se le comparase.

Pelópidas de Assunção d’Avila, descendía de unos Avila, hidalgos portugueses establecidos en Ilhéus en tiempos de las capitanías. Por lo menos así lo afirmaba el doctor, diciendo que se basaba en documentos de familia. Opinión digna de considerarse; ¡la de un historiador!

Descendiente de esos célebres Avila, cuyo solar habíase levantado entre Ilhéus y Olivença, hoy negras ruinas frente al mar, rodeadas de cocoteros, pero también de unos Assunção plebeyos y comerciantes, dígase en su homenaje, él rendía culto a la memoria de unos y de otros con el mismo exaltado fervor. Es claro que poco había que referir a los Assunção, mientras que la crónica de los Avila era rica en sucesos. Oscuro empleado nacional jubilado, el doctor vivía, sin embargo, perdido en un mundo de fantasías y de grandeza: la gloria antigua de los Avila y el glorioso presente de Ilhéus. Sobre los Avila, sus hechos y su prosapia, estaba él desde hacía muchos años escribiendo un libro voluminoso y definitivo. Era ardoroso propagandista y colaborador voluntario del progreso de Ilhéus.

Un Avila colateral y arruinado había sido el padre de Pelópidas. De la familia noble apenas si había heredado el nombre y el aristocrático hábito de no trabajar. No obstante, había sido el amor y no el interés, como entonces se dijera, lo que le llebara a casarse con una plebeya, hija del dueño de un próspero bazar de bagatelas. Tan próspero durante la vida del viejo Assunção que el nieto Pelópidas fue enviado a estudiar en la Facultad de Derecho de Río de Janeiro. Pero el viejo Assunção había muerto sin haber perdonado enteramente a su hija la torpeza de aquel casamiento noble, y el hidalgo, habiendo adquirido hábitos tan populares como el juego “de gamão”, y las peleas de gallos, fue comiéndose poco a poco el bazar, metro a metro los géneros, docena a docena las horquillas; pieza por pieza las cintas de colores. Y así había terminado la prosperidad de los Assunção luego de la grandeza de los Avila, dejando a Pelópidas en Río de Janeiro, sin recursos para continuar los estudios cuando andaba ya por el tercer año de la Facultad. Por entonces ya lo llamaban “doctor”, primero el abuelo y las empleadas de la casa, y luego los vecinos, cuando volvía a Ilhéus en vacaciones.

Amigos de su abuelo le consiguieron un pobre empleo en una oficina pública; dejó entonces los estudios pero permaneció en Río. Progresó en el empleo, pobre progreso sin embargo, por falta de protección de los grandes y de la útil sabiduría de la adulación. Treinta años después se jubiló y volvió a Ilhéus para siempre, para dedicarse a “su obra”, el libro monumental sobre los Avila y el pasado de Ilhéus.

Libro que ya era, por sí mismo, casi una tradición. De él se hablaba desde los tiempos en que, cuando aún era estudiante, el doctor publicara en una revista carioca, de circulación limitada y vida reducida al primer número, un famoso artículo sobre los amores del Emperador Pedro II — en su imperial viaje al norte del país — con la virginal Ofenisia, una Avila romántica y linfática.

El artículo del joven estudiante hubiera quedado en completa oscuridad si, por uno de esos azares, la revista no hubiese caído en manos de un escritor moralista, conde papal y miembro de la Academia Brasileña de Letras. Admirador incondicional de las virtudes del monarca, el conde sintióse ofendido en su propio honor con aquella “insinuación depravada y anarquista”, que colocaba al “insigne varón” en la ridícula postura de suspirante, de huésped desleal que buscaba las miradas de la hija virtuosa de la familia cuya casa honraba con su visita. En virtuoso portugués del siglo XVI, el conde hizo polvo al audaz estudiante, adjudicándole intenciones y objetivos que Pelópidas jamás tuviera. Alborozóse el estudiante con la durísima respuesta, que era casi la consagración. Para el segundo número de la revista preparó un artículo, en portugués no menos clásico, y con argumentos irrebatibles en el que, basado en hechos y sobre todo en los versos del poeta Teodoro de Castro, destrozaba definitivamente las negativas del conde. La revista no siguió circulando y se quedó en su primer número. El diario donde el conde atacara a Pelópidas se negó a publicarle la respuesta y, a mucho costo resumió las dieciocho páginas del doctor a veinte líneas en un rincón de la página. Pero aún hoy el doctor se vanagloria de esa su “violenta polémica” con un miembro de la Academia Brasileña de Letras, nombre conocido en todo el país.

— Mi segundo artículo lo aplastó y lo redujo al silencio…

En los anales de la vida intelectual de Ilhéus, esa polémica es asidua y vanidosamente citada como prueba de la cultura de sus hijos, junto a la mención de honor obtenida por Ari Santos — actual presidente del Gremio Rui Barbosa, empleado en una casa exportadora — en el concurso de cuentos de una revista carioca y de los versos del ya citado Teodoro de Castro.

En lo que respecta a los amores clandestinos del Emperador y de Ofenisia, al parecer se redujeron a miradas, suspiros y juramentos murmurados. El imperial viajero, la conoció en Bahía, durante una fiesta, apasionándose por sus ojos desmayados. Y como habitaba en la residencia de los Avila, en la “Ladeira do Pelourinho”, un cierto padre Romualdo, latinista meritorio, más de una vez el Emperador apareció por allí, con el pretexto de visitar al sacerdote de tanto saber. En los adornados balcones de la casa, el monarca había suspirado en latín su inconfesado e imposible deseo por esa flor de los Avila. Ofenisia, excitada como una criada rondaba la sala en la que las barbas negras y sabias del Emperador cambiaban ciencia con el padre, bajo los ojos respetuosos e ignorantes de Luis Antonio d’Avila, su hermano y jefe de la familia. Es cierto que Ofenisia, después de la partida de su imperial enamorado, desencadenó una ofensiva destinada a obtener la mudanza de todos para la corte, pero fracasó ante la obstinada resistencia de Luis Antonio, guardián de la honra de la doncella y de la familia.

Ese Luis Antonio d’Avila, murió hecho coronel en la guerra del Paraguay, comandando hombres llevados de sus ingenios, en la retirada de Laguna. La romántica Ofenisia murió tísica y virgen en el solar de los Avila, nostálgica de las barbas reales. Y borracho murió el poeta Teodoro de Castro, el apasionado y maravilloso cantor de las gracias de Ofenisia, cuyos versos tuvieron cierta popularidad en la época, nombre hoy injustamente olvidado en las antologías nacionales.

Para Ofenisia había escrito sus versos más inspirados, exaltando en rimas ricas su frágil belleza enfermiza, suplicando su inaccesible amor. Versos aún hoy declamados por las alumnas del colegio de monjas, al son de la “Dalila”, en fiestas y saraos. El poeta Teodoro, temperamento trágico y bohemio, sin duda murió de lánguida nostalgia (¿quién irá a discutir esa verdad con el doctor?), diez años después de la salida por la puerta del solar en luto, del blanco ataúd donde iba el cuerpo macerado de Ofenisia. Murió en verdad ahogado en alcohol, en el alcohol entonces barato en Ilhéus, del ingenio de los Avila.

Material interesante no le faltaba al doctor, como se ve, para su inédito y ya famoso libro: los Avila de los ingenios de azúcar y alambiques de aguardiente, de centenas de esclavos, de tierras inabarcables, los Avila del solar de Olivença, de la mansión en la Ladeira do Pelourinho en la capital, los Avila de pantagruélico paladar, los Avila mantenedores de concubinas en la corte, los Avila de las bellas mujeres y de los hombres sin miedo, incluyendo hasta un Avila letrado. Además de Luis Antonio y de Ofenisia, otros se habían destacado, antes y después, como aquél que luchó en tierras bahianas, junto al abuelo de Castro Alves, contra las tropas portuguesas en las batallas de la Independencia, en 1823. Otro Jerónimo d’Avila, habiéndose dado a la política y derrotado en unas elecciones (fraguadas por él en Ilhéus, y realizadas fraudulentamente por los adversarios en el resto de la provincia), poniéndose al frente de sus hombres, después de arrasar caminos y saquear poblados, se había dirigido a la capital amenazando con deponer al gobierno. Intermediarios consiguieron la paz y compensaciones para el furibundo Avila. La decadencia de la familia acentuóse con Pedro d’Avila, de barbita rubia y alocado temperamento, que huyó abandonando el solar (el caserón de Bahía ya había sido vendido), los ingenios y los alambiques hipotecados y la familia en llantos, para seguir a una gitana de extraña belleza y — en el decir de la esposa inconsolable — de maléficos poderes. De ese Pedro d’Avila, consta que murió asesinado durante una pelea callejera, por otro amante de la gitana.

Todo esto formaba parte de un pasado olvidado por los ciudadanos de Ilhéus. Una nueva vida había comenzado con la aparición del cacao, lo de ayer ya no contaba: ingenios y alambiques, plantaciones de caña de azúcar y de café, leyendas e historias que narraban cómo los hombres lucharon entre ellos por la posesión de la tierra. Los cantores ciegos llevaban por las ferias, hasta las más distantes regiones solitarias, los nombres y los hechos de los hombres del cacao, junto con la fama de aquella región. Solamente el Doctor preocupábase con los Avila. Lo que, sin embargo, no dejaba de aumentar la consideración que le dispensaban en la ciudad. Aquellos rudos conquistadores de tierras, terratenientes de pocas letras, tenían un respeto casi humilde por el saber, por los hombres que escribían en los diarios y por aquellos que pronunciaban discursos.

¿Qué decir entonces de un hombre con tanta inteligencia y conocimiento, capaz de estar escribiendo o de haber escrito un libro? Porque tanto se había hablado de ese libro del Doctor, tanto se elogiaron sus cualidades, que muchos lo creían publicado desde hacía años, y ya incorporado definitivamente al acervo de la literatura nacional.

Fonte:AMADO, Jorge. Gabriela, clavo y canela. Traducción de Haydée Jofré Barroso. Barcelona: Seix Barral, 1985. p. 28-34.

 
 
 

DE COMO O DOUTOR QUASE POSSUÍA SANGUE IMPERIAL

Gabriela, Cravo e Canela

Jorge Amado

 

O Doutor não era doutor, o Capitão não era capitão. Como a maior parte dos coronéis não eram coronéis. Poucos, em realidade, os fazendeiros que, nos começos da República e da lavoura do cacau, haviam adquirido patentes de coronel da Guarda Nacional. Ficara o costume: dono de roça de mais de mil arrobas passava normalmente a usar e receber o título que ali não implicava em mando militar e, sim, no reconhecimento da riqueza. João Fulgêncio, que amava rir dos costumes locais, dizia ser a maioria deles coronéis de jagunços, pois muitos se haviam envolvido nas lutas pela conquista da terra.

Entre as jovens gerações havia quem não soubesse sequer o sonoro e nobre nome de Pelópidas de Assunção d’Ávila, tanto se haviam acostumado a tratá-lo respeitosamente de Doutor. Quanto a Miguel Batista de Oliveira, filho do finado Cazuzinha, que fora intendente no começo das lutas, que tivera dinheiro e morrera pobre, cuja fama de bondade ainda hoje é comentada por velhas comadres, a Miguel chamaram-no de Capitão ainda criança, quando, irrequieto e atrevido, comandava os moleques de então.

Eram duas personalidades ilustres da cidade e, se bem velhos amigos, entre eles se dividia a população indecisa em resolver qual dos dois era o maior e mais empolgante orador local. Sem desfazer do dr. Ezequiel Prado, invencível no júri.

Nos feriados nacionais — o 7 de Setembro, o 15 de Novembro, o 13 de Maio —, nas festas do fim e do começo de ano com reisado, presépio e bumba-meu-boi, por ocasião da vinda a Ilhéus de literatos da capital do estado, a população se regalava e mais uma vez se dividia ante a oratória do Doutor e a do Capitão.

Jamais a unanimidade se obtivera nessa disputa prolongada através dos anos. Preferindo uns as altissonantes tiradas do Capitão, onde os adjetivos grandiosos sucediam-se em impetuosa cavalgada, uns trêmulos na voz rouca a provocarem delirantes aplausos; preferindo outros as longas frases rebuscadas do Doutor, a erudição transparecendo nos nomes citados em abundância, na adjetivação difícil, na qual brilhavam, como jóias raras, palavras tão clássicas que apenas uns poucos conheciam seu verdadeiro significado.

Até as irmãs Dos Reis, tão unidas em tudo o mais na vida, dividiam, no caso, suas opiniões. A franzina e nervosa Florzinha exaltava-se com os rompantes do Capitão, suas rútilas auroras da liberdade, deliciava-se com os trêmulos de voz nos fins de frase, vibrando no ar. Quinquina, a gorda e alegre Quinquina, preferia o saber do Doutor, aquelas vetustas palavras, aquela maneira patética como, de dedo em riste, ele clamava: — Povo, ó meu povo! Discutiam as duas, de volta das reuniões cívicas na intendência ou em praça pública, como discutia toda a cidade incapaz de decidir-se.

–Não entendo nada mas é tão bonito… — concluía Quinquina pelo Doutor.

–Sinto até um frio na espinha quando ele fala –decidia Florzinha pelo Capitão.

Memoráveis dias aqueles em que, no palanque da praça da Matriz de São Jorge, ornamentado de flores, o Capitão e o Doutor se sucediam com o verbo, um como orador oficial da Euterpe 13 de Maio, o outro em nome do Grêmio Rui Barbosa, organização lítero-charadística da cidade. Desapareciam todos os outros oradores (mesmo o professor Josué cujo palavreado lírico tinha seu público de mocinhas do colégio das freiras), fazia-se o silêncio das grandes ocasiões, quando avançava no palanque ou bem a figura morena e insinuante do Capitão, vestido de impecável roupa branca, uma flor na lapela, alfinete de rubi na gravata, ar de ave de rapina devido ao nariz crescido e curvo, ou bem a silhueta magra do Doutor, pequenino e saltitante, como gárrulo pássaro inquieto, trajando sua eterna roupa negra, colarinho alto e peitilho engomado, o pince-nez preso ao paletó por uma fita, os cabelos já quase inteiramente brancos.

— Hoje o Capitão parecia uma cachoeira de eloqüência –comentava. –Que palavreado bonito!

— Mas vazio. O Doutor, em compensação, tudo que ele diz tem tutano. O homem é um dicionário!

Só mesmo o dr. Ezequiel Prado podia lhes fazer concorrência nas raras vezes em que, quase sempre bêbado de cair, subia a outra tribuna fora do júri. Tinha ele também seus incondicionais, e, no que se refere aos debates jurídicos, a unanimidade da opinião pública: não havia quem se lhe comparasse.

Pelópidas de Assunção d’Ávila descendia de uns Ávilas, fidalgos portugueses estabelecidos nas bandas de Ilhéus ainda no tempo das capitanias. Pelo menos assim o afirmava o Doutor, dizendo-se baseado em documentos de família. Opinião ponderável, de historiador.

Descendente desses celebrados Ávilas, cujo solar elevara-se entre Ilhéus e Olivença, hoje negras ruínas ante o mar, cercadas de coqueiros, mas também de uns Assunção plebeus e comerciantes — diga-se em sua homenagem, ele cultuava a memória de uns e de outros com o mesmo fervor exaltado. É claro que pouco havia a contar sobre os Assunções, enquanto era rica de feitos a crônica dos Ávilas. Obscuro funcionário federal aposentado, vivia o Doutor, no entanto, em meio a um mundo de fantasias e de grandeza: a glória antiga dos Ávilas e o glorioso presente de Ilhéus. Sobre os Ávilas, seus feitos e sua prosápia, estava ele desde há muitos anos escrevendo um livro volumoso e definitivo. Do progresso de Ilhéus era ardoroso propagandista e voluntário colaborador.

Ávila colateral e arruinado fora o pai de Pelópidas. Da família nobre herdara apenas o nome e o aristocrático hábito de não trabalhar. Havia sido, porém, o amor, e não o vil interesse como então se propalara, que o levara a casar-se com uma plebéia Assunção, filha de um próspero bazar de miudezas. Tão próspero durante a vida do velho Assunção, que o neto Pelópidas fora mandado estudar na Faculdade de Direito do Rio de Janeiro. Mas o velho Assunção morrera sem ter ainda completamente perdoado à filha a burrice daquele casamento nobre, e o fidalgo, tendo adquirido hábitos populares como o jogo de gamão e a briga de galos, comera a pouco e pouco o bazar, a metro e metro de fazenda, a dúzia e dúzia de grampos, a peça e peça de fita colorida. Assim terminara a abastança dos Assunção após a grandeza dos Ávilas, deixando Pelópidas no Rio sem recursos para continuar os estudos, quando andava pelo terceiro ano da faculdade. Já então o chamavam de Doutor, primeiro o avô, as empregadas da casa, os vizinhos, quando vinha a Ilhéus de férias.

Amigos de seu avô arranjaram-lhe magro emprego numa repartição pública, deixou os estudos, ficou pelo Rio. Prosperou na repartição, miúdo prosperar, no entanto, falho da proteção dos grandes e da útil sabedoria da adulação. Trinta anos depois aposentou-se e voltou a Ilhéus para sempre, para dedicar-se à sua obra, o livro monumental sobre os Ávila e o passado de Ilhéus.

Livro que já era, ele próprio, quase uma tradição. Pois nele se falava desde os tempos quando, ainda estudante, o Doutor publicara numa revista carioca, de circulação limitada e vida reduzida ao primeiro número, famoso artigo sobre os amores do imperador Pedro II — por ocasião de sua imperial viagem ao norte do país — e da virginal Ofenísia, Ávila romântica e linfática.

O artigo do jovem estudante passaria em completa obscuridade se, por um desses acasos, não houvesse a revista caído em mãos de escritor moralista, conde papalino e membro da Academia Brasileira de Letras. Admirador incondicional das virtudes do monarca, sentiu-se o conde ofendido em sua própria honra com aquela insinuação depravada e anarquista a colocar o insigne varão na postura ridícula de suspirante, de hóspede desleal a buscar os olhares da filha virtuosa da família cuja casa ilustrava com sua visita. Descompôs o conde, em vigoroso português quinhentista, o audacioso estudante, emprestando-lhe intenções e objetivos que Pelópidas jamais tivera. Alvoroçou-se o estudante coma ríspida resposta, era quase a consagração. Para o segundo número da revista preparou um artigo, em português não menos clássico e com argumentos irrespondíveis, no qual, baseado em fatos e sobretudo nos versos do poeta Teodoro de Castro, esmagava definitivamente as negativas do conde. A revista não voltou a circular, ficara no primeiro número. O jornal onde o conde atacara Pelópidas recusou-se a publicar-lhe a resposta, e, a muito custo, resumiu as dezoito laudas do Doutor a vinte linhas impressas, num canto da página. Mas ainda hoje o Doutor vangloria-se dessa sua violenta polêmica com um membro da Academia Brasileira de Letras, nome conhecido em todo o país.

— Meu segundo artigo o esmagou e o reduziu ao silêncio…

Nos anais da vida intelectual de Ilhéus essa polêmica é assídua e vaidosamente citada como prova da cultura ilheense, ao lado da menção honrosa obtida por Ari Santos — atual presidente do Grêmio Rui Barbosa, moço empregado numa casa exportadora — num concurso de contos de revista carioca, e dos versos do já citado Teodoro de Castro.

Quanto aos amores clandestinos do imperador e de Ofenísia, reduziram-se, ao que parece, a olhares, suspiros, juras murmuradas. O imperial viajante a teria conhecido na Bahia, numa festa, apaixonara-se por seus olhos de desmaio. E como habitava no sobrado dos Ávilas, na ladeira do Pelourinho, um certo padre Romualdo, latinista emérito, mais de uma vez o imperador por lá apareceu a pretexto de visitar sacerdote de tanto saber. Nos balcões rendilhados do sobradão, o monarca suspirara em latim inconfessado e impossível desejo por essa flor dos Ávilas. Ofenísia, numa excitação de mucama, rondava a sala onde as barbas negras e sábias do imperador trocavam ciência com o padre, sob as vistas respeitosas e ignorantes de Luiz Antônio d’Ávila, seu irmão e chefe da família. É certo ter Ofenísia, após a partida do imperial apaixonado, desencadeado uma ofensiva visando a mudarem-se todos para a corte, fracassando ante a obstinada resistência de Luiz Antônio, guardião da honra da donzela e da família.

Esse Luiz Antônio d’Ávila morrera coronel na guerra do Paraguai, chefiando homens levados de seus engenhos, na retirada da Laguna. A romântica Ofenísia morreu tísica e virgem, no solar dos Ávilas, saudosa das barbas reais. E bêbado morreu o poeta Teodoro de Castro, o apaixonado e mavioso cantor das graças de Ofenísia, cujos versos tiveram certa popularidade na época, nome hoje injustamente esquecido nas antologias nacionais.

Para Ofenísia escrevera seus versos mais catitas, exaltando em rimas ricas sua frágil beleza doentia, suplicando seu inacessível amor. Versos ainda hoje declamados pelas alunas do colégio das freiras, ao som da Dalila, em festas e saraus. O poeta Teodoro, temperamento trágico e boêmio, morreu sem dúvida de lânguida saudade (quem irá discutir com o Doutor essa verdade?), dez anos após a saída, pela porta do solar em luto, do caixão branco onde ia o corpo macerado de Ofenísia. Morreu afogado em álcool, no álcool então barato em Ilhéus, cachaça do engenho dos Ávilas.

Material interessante não faltava ao Doutor, como se vê, para seu inédito e já famoso livro: os Ávilas dos engenhos de açúcar e alambiques de cachaça, de centenas de escravos, de terras a nunca acabar, os Ávilas do solar em Olivença, do sobradão na ladeira do Pelourinho, na capital, os Ávilas de pantagruélico paladar, os Ávilas sustentando concubinas na corte, os Ávilas das belas mulheres e dos homens sem medo, incluindo até um Ávila letrado. Além de Luiz Antônio e de Ofenísia, outros haviam-se destacado, antes e depois, como aquele que lutou no Recôncavo, ao lado do avô de Castro Alves, contra as tropas portuguesas nas batalhas da Independência, em 1823. Outro, Jerônimo d’Ávila, dera-se à política, e, derrotado numas eleições, fraudadas por ele em Ilhéus, fraudadas pelos adversários no resto da Província, pusera-se à frente de seus homens, varrera estradas, saqueara povoados, marchara sobre a capital, ameaçando depor o governo. Intermediários obtiveram a paz e compensações para o Ávila colérico. A decadência da família acentuara-se com Pedro d’Ávila, de cavanhaque ruivo e aloucado temperamento, que fugira, abandonando o solar (o sobradão na Bahia já tinha sido vendido), os engenhos e os alambiques hipotecados, e a família em pranto, para servir uma cigana de estranha beleza e — no dizer da esposa inconsolável — de maléficos poderes. Desse Pedro d’Ávila constava haver terminado assassinado, numa briga de canto de rua, por outro amante da cigana.

Tudo isso fazia parte de um passado esquecido pelos cidadãos de Ilhéus. Uma nova vida começara com o aparecimento do cacau, o que acontecera antes não contava. Engenhos e alambiques, plantações de cana e de café, legendas e histórias, tudo havia desaparecido para sempre, cresciam agora as roças de cacau e as novas legendas e histórias narrando como os homens lutaram entre si pela posse da terra. Os cegos cantadores levavam pelas feiras, até o mais distante sertão, os nomes e os feitos dos homens do cacau, a fama daquela região. Só mesmo o Doutor se preocupava com os Ávilas. O que, no entanto, não deixava de aumentar a consideração que lhe dispensavam na cidade. Aqueles rudes conquistadores de terras, fazendeiros de poucas letras, tinham um respeito quase humilde pelo saber, pelos homens letrados que escreviam nos jornais e pronunciavam discursos.

Que dizer então de um homem, com tanta capacidade e conhecimento, capaz de estar escrevendo ou de ter escrito um livro? Porque tanto se falara nesse livro do Doutor, tanto se louvaram suas qualidades, que muitos o pensavam publicado há anos, há tempos definitivamente incorporado ao acervo da literatura nacional.

Fonte: AMADO, Jorge. Gabriela, cravo e canela. Ilustrações de Di Cavalcanti. 75ª ed.. Rio de Janeiro: Record, 1994. p. 22-26.





Bio fornecida pelo palestrante.

O país do carnaval




Autor: Jorge Amado
Título: O país do carnaval, Il paese del carnevale
Idiomas: port, ita
Tradutor: Paolo Collo e Daniela Ferioli(ita)
Data: 28/12/2004

O PAÍS DO CARNAVAL
I

Jorge Amado

Entre o azul do céu e o verde do mar, o navio ruma o verde-amarelo pátrio.
Três horas da tarde. Ar parado. Calor.
No tombadilho, entre franceses, ingleses, argentinos e ianques está todo o Brasil (Evoé, Carnaval! ).
Fazendeiros ricos de volta da Europa, onde correram igrejas e museus. Diplomatas a dar idéia de manequins de uma casa de modas masculinas… Políticos imbecis e gordos, suas magras e imbecis filhas e seus imbecis filhos doutores.
Lá no fundo, namorando o mistério das águas, uma francesa linda como as coisas caras, aventureira viajada, da qual se dizia conhecer todos os países e todas as raças, o que equivale a dizer que conhecia toda espécie de homem, tolera, com um sorriso condescendente, o galanteio juliodantesco de uma dúzia de filhos-família brasileiros e argentinos:
– A senhorita é linda…
– Minha vida pela sua vida…
– Faça um sinal e me atirarei n’água!
– Eu queria que o navio naufragasse para poder provar quanto a amo…
Tudo isso era dito em mau francês, num mau francês de causar inveja aos rapazes que lêem Dekobrá e têm por Tiradentes uma grande paixão patriótica.
Toda essa gente sua muito debaixo da elegância das suas roupas quentes, feitas em Londres e Paris a preços elevados.
Toda a gente, menos a francesa, que traja um vestido simples de musselina branca. É, em verdade, bela. Olhos verdes como o mar e pele alva. Não admira que aqueles tropicais brasileiros e argentinos gastem com ela a sua retórica, tão precisa à Pátria.
Adiante, um senador, um fazendeiro, um bispo, um diplomata e a senhora do senador conversam na boa paz burguesa dos que têm o reino da terra e a certeza de comprarem o do céu.
– Sim – diz o fazendeiro – foi regular a safra. Mas os preços…
– Ora, coronel, o senhor quer dizer a mim? … Mesmo pelo preço em que está, o café continua a dar um lucro fabuloso É a riqueza de São Paulo e a do Brasil.
– Mesmo porque o Brasil é São Paulo! – fez a senhora do senador, bairrista de irritar.
– Oh, minha senhora! Perdoe-me se discordo de V. Ex.ª mas…
Era o diplomata que falava, Primeiro-Secretário de Embaixada em Paris, ainda estava inédito o seu primeiro serviço à Pátria. Nascera na Bahia, e trazia no sangue e no cabelo a marca dos deboches de avôs portugueses com avós africanas.
– … mas há outros grandes Estados… Olhe a Bahia, minha senhora. A Bahia, veja V. Ex.ª, produz tudo … Cacau. Fumo. Feijão. E produz homens, minha senhora, grandes gênios… Rui Barbosa era baiano…
– Mas hoje, doutor…
– Oh! minha senhora, não diga… Ainda hoje grandes talentos…
E o bispo, conciliador:
– O doutor mesmo é uma prova…
– Amabilidade do senhor bispo… A Igreja sempre caridosa…
O senador, com o prestígio que lhe dava a posição, resumiu toda a conversa:
– É o país de mais futuro do mundo!
– Perfeitamente! – falou um rapaz que chegara no momento. – O senhor acaba de definir o Brasil. (O senador sorriu baboso.) O Brasil é o país verde por excelência. Futuroso, esperançoso… Nunca passou disso… Vocês, brasileiros, velhos que já foram e rapazes que são a esperança da Pátria, sonham o futuro. “Dentro de cem anos o Brasil será o primeiro país do mundo”. Garanto que aquele detestável cronista Pero Vaz de Caminha teve essa mesma frase ao achar Cabral, por um acaso, o país que viera expressamente descobrir.
– Não! – protestou o diplomata. Elevando num gesto oratório a mão ao peito – Hoje, todo estrangeiro conhece, graças ao nosso corpo diplomático, sem modéstia, o grande, o portentoso Brasil!
– Entretanto, aquela francesinha que conhece o mundo todo, que já teve casa de rendez-vous em Pequim, já foi amante de pretos na Colônia do Cabo e ganhou dinheiro em Monte Carlo, julga que viaja para um país chamado Buenos Aires, que tem por capital o Brasil, uma cidade onde a população anda de tanga, E posso lhe afirmar, senhor bispo, que ela vai até lá exatamente para poder andar de tanga, pois é primitivista.
– Ela é imoral, isto sim.
– Vai ter uma decepção, coitada!
– Mas, Doutor Rigger, pelo menos do ponto de vista religioso, o Brasil tem progredido muito. Hoje…
– Hoje o feitiço domina. No Norte, senhor bispo, a religião é uma mistura de fetichismo, espiritismo e catolicismo. Aliás, eu não acredito que Cristo haja pregado religiões. Cristo foi apenas um romântico judeu revoltoso. Os senhores, Padres e Papas, é que fizeram a religião… Mas se o senhor pensa que essa religião domina o Brasil, está enganado. Há uma falsificação africana dessa religião. A macumba, no Norte, substitui a Igreja, que, no Sul, é substituída pelas lojas espíritas. No Brasil a questão de religião é uma questão de medo.
A senhora do senador, escandalizada, benzia-se. O diplomata sorria par vaidade. O bispo, que era inteligente, quis protestar. Não houve, porém, tempo. Um rapaz de bordo agitava uma sineta enorme chamando para o lanche.
E todos obedeceram a Sua Majestade, o Estômago.

* * *

No tombadilho, Paulo Rigger abandonou-se aos seus pensamentos. Estava de volta ao Brasil depois de sete anos de ausência. Ainda estudante de ginásio morrera-lhe o pai, riquíssimo fazendeiro de cacau no sul do Estado da Bahia, a última vontade do velho Rigger foi que mandassem o seu rapaz formar-se na Europa. E, terminado o curso ginasial, Paulo seguiu para Paris em busca de um anel de bacharel. O velho Rigger queria o filho formado. Mas já estava muito banal a formatura no Brasil. Só poderia fazer sucesso um doutor da Europa.
Paulo Rigger, em Paris, como é natural, fez tudo, menos estudar Direito. Ao formar-se era um blasé, contaminado de toda a literatura de antes da guerra, um gastador de espírito, que tinha amigos entre os intelectuais e freqüentava as rodas jornalísticas, fazendo frases, discutindo, sempre em oposição.
A atitude oposta era sempre a sua atitude. Não chegara, muito francês que era, a fazer uma base para a sua vida. Não tinha filosofias e fazia blagues acerca do espírito de seriedade da geração que surgia. Dizia que o homem de talento não precisa de filosofia.
Aos vinte e seis anos, era o tipo do cerebral, quase indiferente, espectador da vida, tendo perdido há muito o sentido de Deus e não tendo achado o sentido de Pátria.
Frio, não se emocionava. Tinha prazeres diferentes: amava ser contra as idéias dos seus vizinhos de mesa e gostava de estudar almas.
Correra todo Paris, dos mais aristocráticos salões aos mais sórdidos cabarés, numa volúpia de escalpelar as almas, pôr-lhes à mostra sentimentos, estudá-las…
Assim, pensava, no dia em que houvesse “um caso” na sua vida, estaria preparado para enfrentá-lo, estudá-lo, dissecá-lo. Usava monóculo porque diziam que o monóculo já havia caído da moda. Aprendera em Paris a vestir-se rom muita elegância e a satisfazer todos os seus desejos.
Sibarita, tinha pelos seus instintos uma quase adoração. Conhecia, assim, todos os vícios. No seu olhar cansado, muito triste, parecia viver a tragédia do homem que esgotou todas as volúpias e não se satisfez.
Nos seus lábios finos bailava sempre um sorriso mau, de escárnio, que irritava.
Já descrera da felicidade. No fundo, entretanto, Paulo Rigger sentia que era um insatisfeito. Compreendia que faltava qualquer coisa na sua vida. O quê? Não o sabia. Isso torturava-o. E dedicava toda a sua vida à procura do Fim. “Sim, murmurava no tombadilho, olhando as ondas, porque toda vida deve ter, necessariamente, um Fim… Qual?”
Mas o mar, indiferente, não lhe respondia. O sol que morria desenhava no horizonte paisagens berrantes. O sol foi o primeiro cubista do mundo…

* * *

|Ao jantar, a francesinha sorria-lhe. Havia no seu sorriso uma promessa enlouquecedora de volúpias incríveis. E Paulo Rigger ficou a idealizá-la nua. Devia ser linda… Aquela mulher, tão jovem e tão conhecedora da vida, devia ser uma requintada. E jurou conhecê-la.
No tombadilho, cia sorria ingênua do ingênuo brinquedo das ondas.
Paulo Rigger aproximou-se.
– Mademoiselle…
– Mademoiselle, não. Julie, sim,
– Ah, Julie, você e adorável!
– Só isso que você me diz? Isso me disseram todos aqueles rapazes que me galanteavam há pouco. Eu pensei que você tivesse qualquer coisa mais nova para me dizer…
– Sim, tenho. Quero lhe dizer que os seus olhos prometem coisas absurdas, mas eu conheço todas as coisas absurdas e duvido muito que você me dê qualquer coisa nova.
– Hoje à uma hora. A porta do meu camarote estará aberta… Esperá-lo-ei.

* * *

No seu camarote, Paulo Rigger pensava se devia ir ao encontro de Julie. Uma grande lassidão invadia-lhe os membros. Pensou em Julie. E teve medo dos seus olhos. Não, não iria. Aquela mulher era capaz de se agarrar a ele como uma sarna, no Brasil. E, demais, ela não passava de uma rameira conhecida. Uma mulher que amava por dinheiro, sem amor. Que lhe poderia dar de novo? Prazer, ele conhecia muito. Carne… Mas o amor talvez não fosse somente carne… Talvez fosse alguma coisa mais… Essa outra coisa, ele não conhecia. Afirmava até que ela não existia. Existisse ou não, a francesinha não lhe poderia dar. Daria somente o sexo… E do mesmo modo de sempre. Bolas! Não iria lá…
E Julie esperou por toda a noite, nua, a sonhar volúpias incríveis, Depois, chorou de raiva, mordendo o travesseiro… Afinal, xingava-o, era um animal. Não sabia que ela reservara para ele as carícias que nunca vendera a ninguém… Imbecil!
E Paulo Rigger sonhava que tinha uma namorada romântica que lia Henri Ardel e tocava valsas muito sentimentais ao piano.
No outro dia, o grito da descoberta:
– Terra! Terra!
Lá longe, o País do Carnaval.

______________

Fonte: AMADO, Jorge. O país do carnaval. 46ª. ed. Rio de Janeiro: Record, 1987. p. 11 –18.

IL PAESE DEL CARNEVALE

I

Jorge Amado

Fra l’azzurro del cielo e il verde del mare, la nave, verde-gialla, ostenta i colori nazionali. Le tre del pomeriggio. Aria immobile. Caldo. In coperta, tra francesi, inglesi, argentini e yankees c’e tutto il Brasile (Evoè, carnevale!).
Ricchi piantatori di ritorno dall’Europa dove hanno corso chiese e musei; diplomatici che paiono indossatori in una sfilata di moda maschile… Uomini politici cretini e grassi, con le figlie magre e cretine e i figli cretini e laureati.
In fondo, persa a contemplare il mistero delle acque, una francese dalla bellezza di oggetto di lusso, avventuriera costantemente in giro per il mondo, di cui si sussurra che conosca ogni paese e ogni razza: quanto dire che conosce ogni tipo di uomini. Con un sorriso condiscendente, accetta facendo buon viso le galanterie stantie di una mezza dozzina di ragazzotti, figli di famiglie bene, brasiliani e argentini.
«Lei è molto bella…»
«La mia vita per la sua…»
«Faccia un solo cenno e mi butto in acqua! …»
«Vorrei che la nave colasse a picco per dimostrarle quanta l’amo…»
Il tutto in un francese tanto scadente da fare invidia ai ragazzini che leggono Dekobra e hanno per Tiradentes una grande passione patriottica.
Sudano tutti profusamente, nell’eleganza degli abiti pesanti comprati a caro prezzo a Londra e a Parigi.
Tutti. meno la francesina che indossa un semplice abito di mussola bianca. È bella veramente: occhi verde-mare, pelle candida. Non c’è da stupire che il gruppo tropicale di brasiliani e argentini spenda con lei la retorica tanto necessaria a servizio della patria.
Più in là un senatore, un fazendeiro, un vescovo, un diplomatico e la moglie del senatore chiacchierano nella buona pace borghese di chi possiede il regno della terra e la certezza di potersi comprare quello del cielo.
«Sì» dice il fazendeiro, «per il raccolto non c’è stato male. Ma i prezzi…»
«Via, colonnello, la vuol dar da bere a me? … Anche al prezzo attuale, il caffè continua a dare dei guadagni da capogiro… È la ricchezza di São Paulo, e del Brasile.»
«Anche perché il Brasile è São Paulo!» intervenne la moglie del senatore, campanilista in modo irritante.
«Mia cara signora! Voglia scusarmi se mi trovo in disaccordo con lei, ma…»
Era il diplomatico a parlare. Primo segretario d’ambasciata a Parigi, non aveva ancora reso alla patria il suo primo servigio di rilievo. Era nativo di Bahia, e nel sangue e nei capelli crespi portava traccia delle libertà che i suoi antenati portoghesi si erano presi con le sue bisavole africane.
«… ma ne esistono altri, di grandi stati. Guardi Bahia per esempio. Veda, Eccellenza, Bahia produce di tutto… dal cacao al tabacco, ai fagioli. E uomini, signora mia, uomini di genio… Rui Barbosa era bahiano…»
«Al giorno d’oggi, però, dottore…»
«Non dica di no, signora. Ancor oggi esistono a Bahia persone di grande talento.»
Interveniva il vescovo, conciliante:
«Lei, dottore, ne è una prova.»
«Troppa bontà di monsignor vescovo… La Chiesa è sempre caritatevole.»
Il senatore, con l’autorità che gli dava la sua posizione, riassumeva la conversazione:
«È il paese con il più grande avvenire del mando intero!»
«Verissimo!» esclamò un giovane appena arrivato. «Lei ha dato l’esatta definizione del Brasile» (sorriso vanitoso del senatore). «Il Brasile è il Paese Verde per antonomasia: proiettato nel futuro, speranzoso… Peccato che non sia mai andato oltre. Voi vecchi brasiliani che già foste, così come i giovani che sono attualmente la speranza della patria, sognate il futuro. “Entro cent’anni il Brasile sarà il primo paese del mondo.” E vi garantisco che anche quell’odioso cronista, Pero Vaz de Caminha, usò esattamente questa stessa frase, quando Cabral s’imbatté, per caso, nel paese che era venuto apposta a scoprire.»
«Ah no!» protestava il diplomatico portando la mano al petto in posa oratoria. «Oggi, tutti all’estero conoscono, grazie al nostro corpo diplomatico – lo dico senza falsa modestia – tutti conoscono il nostro grande, portentoso Brasile!»
«Eppure quella francesina laggiù, che ha viaggiato in tutto il mondo, e ha avuto una casa d’appuntamenti a Pechino e amanti negri a Città del Capo, e ha messo insieme un gruzzolo a Montecarlo, pensa di essere in viaggio per un paese chiamato Buenos Aires, che ha per capitale Brasile, città dove la gente va in giro in tanga. E le posso assicurare, monsignor vescovo, che è proprio per questo che ci va, per potersi mostrare per strada in tanga, dato che è naturista.»
«Quella non è altro che una donna immorale.»
«Avrà una bella delusione, poveraccia!»
«Però, dottor Rigger, almeno dal punto di vista religiosa il Brasile ha fatto un bel progresso. Oggi…»
«Oggi dominano le religioni feticiste. Nel Nord, monsignore, la religione è un miscuglio di feticismo, spiritismo e cattolicesimo. D’altronde, io non credo che la predicazione di Cristo avesse uno scopo religioso. Cristo non era che un romantico rivoluzionario ebreo. Sono stati lorsignori, preti e papa, a fabbricare una religione… Ma se lei pensa che tale religione sia quella che predomina in Brasile, si sbaglia. Esiste di essa una falsificazione africana. La macumba, nel Nord ha sostituito la chiesa che, a Sud, è sostituita da logge spiritiste. La questione religiosa in Brasile si riduce a una questione di paura.»
Scandalizzata, la moglie del senatore si segnava. Il diplomatico somdeva fatuo. II vescovo, che era un uomo intelligente, tentò di replicare. Ma non ce ne fu il tempo. Un inserviente di bordo, agitando un campanaccio enorme, chiamava per il lunch.
E tutti obbedirono a Sua Maestà la stomaco.

Sul ponte Paulo Rigger seguiva il filo dei suoi pensieri. Tornava in Brasile dopo sette anni d’assenza. Quando era ancora uno srudentello ginnasiale gli era morta il padre, ricchissimo piantatore di cacao del Sud dello Stato di Bahia. L’ultima volontà del vecchio Rigger era stata che mandassero il suo ragazzo a studiare in Europa. Così, terminato il ginnasio, Paulo era partito per Parigi alla ricerca di un diploma di laurea. Voleva un figlio laureato, il vecchio Rigger. Ma una laurea brasiliana era già cosa troppo banale. Un dottore laureato in Europa ci voleva, per avere successo.
A Parigi, naturalmente, Paulo Rigger aveva fatto di tutto, tranne che studiare legge. E quando finalmente si era laureato, era un blasé, contaminato da tutta la letteratura anteguerra, consumatore di motti di spirito, amico d’intellettuali, frequentatore dell’ambiente giornalistico, a far frasi eleganti, a discutere per il piacere della discussione, perennemente all’opposizione.
L’atteggiamento opposto era sempre il suo. Non era giunto, cosa molto francese, a dare una base stabile alla propria vita. Non aveva nessuna filosofia, e faceva blagues sullo spirito serioso della nuova generazione. Sosteneva che l’uomo di talento non ha bisogno di filosofia.
A ventisei anni era il tipo del cerebrale quasi indifferente, spettatore della vita, cui da tempo era venuta meno la fede in Dio e che non aveva trovato un senso al concetto di patria. Era freddo, senza emozioni I suoi piaceri erano di tipo diverso: amava schierarsi contro le idee dei suoi vicini di tavolo, amava sondare l’animo degli altri.
Aveva corso tutta Parigi, dai salotti più aristocratici ai cabaret più sordidi, per il gusto di scavare le anime, di metterne a nudo i sentimenti, di studiarle…
Così – immaginava – il giorno che avesse avuto un «affare di cuore» sarebbe stato pronto ad affrontarlo, studiarlo, disseccarlo. Portava il monocolo perché gli avevano detto che il monocolo non era più di moda. A Parigi aveva imparato a vestire con accurata eleganza e a soddisfare tutti i propri capricci.
Da sibarita qual era, aveva una sorta di adorazione per i propri istinti. Conosceva quindi ogni genere di vizi. Solo nel suo sguardo stanco, profondamente triste, pareva affiorare il suo dramma di uomo che aveva dato fondo a tutte le voluttà senza mai soddisfarsi.
Aveva sulle labbra sottili un perenne sorrisetto malizioso, di beffa, estremamente irritante.
Non credeva più alla felicità. Ma in fondo avvertiva di essere insoddisfatto, capiva che nella sua vita qualcosa mancava. Cosa? Non la sapeva. Questo la assillava ed egli orientava tutta la sua vita verso la ricerca di uno scopo. «Sì» mormorava fra sé, mentre ritto sul ponte fissava le onde, «perché la vita di ciascuno deve necessariamente avere uno scopo… Ma quale?»
Il mare, indifferente, non dava risposta. Il sole, morendo all’orizzonte, vi costruiva paesaggi fantasmagorici. Il sole, il primo pittore cubista del mondo.
A pranzo la francesina gli sorrise. C’era in quel sorriso una allettante promessa di voluttà estreme. Paulo Rigger si mise a immaginarla nuda. Doveva essere bella… Una donna così, talmente giovane e già così esperta, doveva essere una raffinata. Si ripromise di fare la sua conoscenza.
Sul ponte, lei sorrideva ingenua dell’ingenuo gioco delle onde.
Rigger si avvicinò.
«Mademoiselle… »
«Niente Mademoiselle, Julie.»
«Ah, Julie, sei adorabile.»
«Tutto qui quello che trovi da dirmi? Me l’hanno già detto quei ragazzini che mi facevano la carte poco fa. Avrei pensato che tu trovassi da dire qualcosa di nuovo.»
«L’ho trovato infatti. Ti voglio dire che i tuoi occhi promettono cose folli: ma io le cose folli le conosco tutte, e dubito che tu abbia qualcosa di nuovo da offrire.»
«Stanotte all’una. La porta della mia cabina sarà aperta. Ti aspetto.»
In cabina, Rigger rifletteva se gli convenisse andare all’appuntamento con Julie oppure no. Si sentiva invadere da una grande stanchezza. Pensò a Julie. Ed ebbe paura dei suoi occhi. No, non sarebbe andato. Quella donna era capace di appiccicarglisi addosso come una mignatta, in Brasile. E poi, non era che una cortigiana ben nota. Una che faceva l’amore a tariffa, senz’amore. Che gli avrebbe potuto dare di nuovo? Il piacere gli era ben noto. La carne… Ma forse l’amore non consisteva solo in quello… C’era forse qualcosa d’altro… Quel qualcosa, lui non lo conosceva. Arrivava ad affermare che non esisteva. Ma, esistesse o no, non era certo la francese che avrebbe pluto darglielo. Quella non gli avrebbe dato che sesso. E allo stesso modo di sempre anche. Al diavolo! Non ci sarebbe andato.
E Julie attese la notte intera, nuda, sognando di voluttà ineffabili. Poi pianse di rabbia. mordendo il cuscino. Da ultimo lo insultò. Quell’animale. Non sapeva che gli aveva riservato carezze che mai aveva venduto a nessun uomo… Imbecille!
In quel mentre. Paulo Rigger sognava che aveva una fidanzatina romantica, che leggeva Henri Ardel e suonava al piano valzer molto sentimentali.
Il giorno seguente, il grido noto della scoperta:
«Terra, terra!»
Laggiù, in lontananza. il Paese del Carnevale.
_______________
Fonte: AMADO, Jorge. Jorge Amado: romanzi. In: Il Paese del Carnevale [La revisione delle traduzione è a cura di Paolo Collo e Daniela Ferioli]. Volume primo. Milano: A. Mondadon, 2002. p. 5-11.





Bio fornecida pelo palestrante.